Matices. Sentimientos. Conmoción. La propia Presidenta de la Nación pasó del enojo a la euforia cristiana, llevada más que por los consejos políticos internos y las encuestas, por su propia convicción. Al menos es lo que se dejó trascender desde su entorno. En otras palabras: “Ella no va a hacer un uso político de su fe en contra de un Papa argentino”, confió uno de los ministros más fervorosamente católicos que la acompañó y alentó en Roma.
En realidad, desde la muerte de Néstor Kirchner, Cristina fue acentuando ese costado misterioso y trascendente de su creencia religiosa. Más de una vez, la religión y el rezo le sirvieron para calmar su angustia o su bajón. El año pasado, en plena campaña electoral, se emocionó cuando presentó el video propagandístico “La fuerza de él”. Cristina relataba en off: “Lo importante es vivir y dar testimonio de que uno vive para hacer honor a esas convicciones”.
El martes 19, cuando se despidió del Papa en la Plaza San Pedro, luego de la ceremonia de coronación, la Presidenta casi se quiebra: “Le pido a Dios que lo bendiga, Francisco, para que pueda cumplir con su misión”. “Gracias por estar aquí y rezar, Cristina”, le contestó el jefe de la Iglesia tomándola de las manos.
A esta altura, varios integrantes de su entorno habían quedado descolocados. El día anterior, en un acto inusual, el Papa la había recibido a solas en la residencia Santa Marta para almorzar durante casi dos horas. Para evitar la utilización política de uno de los planteos de la Presidenta en esa reunión –la mediación de la Santa Sede en la disputa por la soberanía de Malvinas–, los voceros del Vaticano evitaron reconocer el tratamiento del tema. En pocas palabras: no gustó que Cristina ventilara pasajes de esa conversación privada en una posterior rueda de prensa. Pero Francisco le ofreció en todo momento un trato cariñoso y preferencial, promesas de una cooperación futura. Al fin y al cabo, el brote místico presidencial siguió a la extrema sensibilización por la muerte de su marido en el 2010. Aunque, pragmática como es, Cristina no ignora que parte de su batalla electoral, a partir de ahora, también se desarrollará en el Vaticano. No puede descolocarse, le recomendaron.




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