Francisco generó el mayor evento turístico de la historia de Brasil.
Según el gobierno de Dilma Rousseff, el 72% de los extranjeros que llegaron a Brasil dijeron que visitaban por primera vez ese país y el 93% de ellos prometió retornar en el futuro. El evento católico se caracterizó por la preponderancia de personas solteras –un 85%– y por una mayoría de mujeres –el 52,5% de los asistentes–.
En tanto, las autoridades esperan hoy la afluencia de tres millones de personas en la playa de Copacabana, donde Francisco presidirá la misa de cierre de la Jornada católica. “Estamos con la expectativa de 2,5 millones, tres millones de personas. Hay gente que no es católica e irá a ver al Papa. El Papa literalmente se puso a Río en el bolsillo, ya forma parte de Río”, declaró ayer el alcalde de la ciudad Eduardo Paes, que felicitó a los peregrinos por su limpieza y el respeto por la localidad.
Otro fenómeno paradigmático de la Jornada fue el hospedaje elegido por los peregrinos. La gran mayoría rechazó los hoteles, considerados uno de los más caros del mundo. El 55,7% de los fieles durmió en parroquias e instalaciones eclesiásticas. Por su parte, el resto eligió casas de amigos, parientes o residencias de voluntarios que participaron de la organización del evento.
Las autoridades de Río diagramaron en las semanas previas a la Jornada una guía de turismo religioso de la ciudad, bautizada como el Itinerario de Fe. Se trató de un circuito de 28 Iglesias en la ciudad y seis en Niterói, buscando el conocimiento de la historia del arte y de la arquitectura brasileña a través de la visita de catedrales, conventos y parroquias históricas. Al llegar a la JMJ, los peregrinos recibieron un folleto con los templos incluidos en el itinerario. La primera parada, casi obligatoria, fue el Cristo Redentor, localizado en el morro del Corcovado, votado hace unos años como una de las siete maravillas del mundo.
El turismo religioso en Brasil es generalmente un fenómeno interno y el lugar más concurrido por los brasileños es el santuario de Aparecida, en el interior de San Pablo. Ese lugar fue visitado por el Papa el miércoles, donde ofició la primera misa en tierra brasileña y se encomendó a la virgen negra, patrona del país. A esa pequeña ciudad, que alberga el mayor santuario mariano del mundo, llegan 12 millones de peregrinos por año.




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