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Papa Francisco a los franciscanos: ¡No pierdan la pobreza!

miércoles, 27 de mayo de 2015

VATICANO, 27 May. 15 / 12:01 am (ACI/EWTN Noticias).- El Papa Francisco exhortó a los frailes franciscanos a no perder la pobreza, sino conservarla, porque es parte de su identidad que -junto con la minoridad, la fraternidad y la humildad-, les ha permitido ganarse el amor del pueblo de Dios y ser portadores de la misericordia del Señor.
El Santo Padre hizo este llamado al recibir a los participantes en el Capítulo General de la Orden de los Frailes Menores, dedicado esta vez a dos características claves de su identidad: la minoridad y la fraternidad.
La minoridad, explicó Francisco, ''nos llama a ser y a sentirnos pequeños ante Dios, confiándonos totalmente a su infinita misericordia”. “La perspectiva de la misericordia –señaló-, es incomprensible para aquellos que no se ven como ‘menores’, es decir, pequeños, necesitados y pecadores ante Dios. Cuantos más somos conscientes de ello, más cerca estamos de la salvación, cuanto más estamos convencidos de que somos pecadores, más estamos dispuestos a ser salvados”.
Asimismo, el Papa Francisco explicó que “minoridad también significa salir de nosotros mismos, de nuestros esquemas y puntos de vista personales; significa ir más allá de las estructuras - que también son útiles si se usan sabiamente – más allá de los hábitos y las certezas, para testimoniar una cercanía concreta a los pobres, a los necesitados, a los marginados, en una actitud auténtica de compartición y de servicio''.
En su discurso, el Santo Padre también destacó la importancia de la fraternidad para dar testimonio del Evangelio. ''En la Iglesia primitiva los cristianos vivían de tal forma la comunión fraterna... que las personas se sorprendían al verlos tan unidos en el amor, tan disponibles para el don y el perdón mutuo”.
“Su familia religiosa –señaló a los franciscanos-, está llamada a manifestar esta fraternidad concreta, recuperando recíprocamente la confianza en las relaciones interpersonales, para que el mundo vea y crea, reconociendo que el amor de Cristo cura las heridas y hace de todos una cosa sola''.
Asimismo los invitó a ser portadores de misericordia, reconciliación y paz, obedeciendo al carisma que los hace una congregación ''en salida'' desde sus orígenes. En ese sentido, recordó que ''cuando pidieron a los primeros hermanos que mostrasen su claustro, subieron a una colina y señalando toda la tierra hasta donde llegaba la mirada dijeron: 'Este es nuestro claustro'”.
“Queridos hermanos, vayan todavía hoy en este claustro, que es el mundo entero, empujados por el amor de Cristo, como les invita a hacer San Francisco... cuando dice: '...Exhorto a mis hermanos en el Señor Jesucristo que, cuando van por el mundo, no litiguen ni contiendan con palabras ni juzguen a los otros; sino sean apacibles, pacíficos y moderados, mansos y humildes, hablando a todos honestamente, como conviene...En cualquier casa en que entren, primero digan: Paz a esta casa Y... séales lícito comer de todos los manjares que les ofrezcan''.
La exhortación de San Francisco, subrayó el Pontífice, es de gran actualidad. ''Es profecía de fraternidad y minoridad también para el mundo de hoy. ¡Qué importante es vivir una existencia cristiana y religiosa sin perderse en disputas y chismes, cultivando un diálogo sereno con todos... con medios pobres, anunciando la paz y viviendo sobriamente, contentos con lo que nos ofrecen!”.
Esto “requiere un empeño decidido en la transparencia, en el empleo ético y solidario de los bienes, con un estilo de sobriedad y despojamiento. En cambio, si están apegado a los bienes y riquezas del mundo, y depositan en ellos su seguridad, el Señor mismo los despojará de este espíritu de mundanidad para preservar el valioso patrimonio de minoridad y pobreza al que los llamó por medio de San Francisco. O son libremente pobres y menores o acabarán despojados''.
El Papa recordó que “el Espíritu Santo es el animador de la vida religiosa”, pues cuando los consagrados “viven dejándose iluminar y guiar por el Espíritu, descubren en esta visión sobrenatural el secreto de su fraternidad, la inspiración de su servicio a los hermanos, el poder de su presencia profética en la Iglesia y en el mundo”. “La luz y la fuerza del Espíritu los ayudarán también a enfrentar los desafíos que se les presentan, en particular la disminución numérica, el envejecimiento y la escasez de nuevas vocaciones'', afirmó.
Finalmente, el Papa aseguró que ''el pueblo de Dios les ama'', y contó que una vez el Cardenal (Antonio) Quarracino le dijo: “En nuestras ciudades hay personas algo 'comecuras' y cuando pasa un sacerdote le dicen alguna que otra cosa. Por ejemplo, en Argentina, les llaman 'cuervos'”.
''Pero nunca, nunca, me contaba Quarracino, dicen algo cuando ven a un franciscano con el hábito ¿Por qué? Porque han heredado una autoridad en el pueblo de Dios con la minoridad, con la fraternidad, con la mansedumbre, con la humildad, con la pobreza. Por favor ¡consérvenla! ¡No la pierdan! El pueblo los ama'', exclamó el Papa.

El primer nombramiento de Francisco es un franciscano

sábado, 6 de abril de 2013


Eligió a José Rodríguez Carballo, considerado por su grado como sucesor de San Francisco de Asís, como número dos del departamento que supervisa a las órdenes religiosas


Esta es la primera designación de Francisco en la burocracia vaticana. Y la elección está tendrá impacto hacia el interior de la Iglesia. Como ministro general de laOrden Franciscana de los Frailes Menores (OFM)Carballo es considero el sucesor del fundador San Francisco de Asís.  

El fraile procede de una familia de granjeros españoles pobres que emigraron a Alemania. La Santa Sede informó en un comunicado que ahora será el segundo en la jerarquía de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.

Ese departamento del Vaticano está dirigido por el cardenal brasileño Joao Braz de Aviz y forma parte de la Curia Romana, el gobierno de la Iglesia Católica que los analistas consideran que necesita una reforma.

Los observadores del Vaticano esperan otros nombramientos clave en los altos cargos de la Curia en los próximos días, que podrían proporcionar una visión de las intenciones del nuevo Papa para la Iglesia.

"Francisco quiere impulsar el ecumenismo y cambiar el rostro de la Curia romana"

miércoles, 3 de abril de 2013


José Rodríguez Carballo, ministro general de la Orden Franciscana

"Francisco quiere impulsar el ecumenismo y cambiar el rostro de la Curia romana"

"El Papa va a llevar a la Iglesia a ser más pobre, más sencilla, a estar más cerca de la gente"

Jesús Bastante, 03 de abril de 2013 a las 18:04

 Francisco es una persona muy cercana, que escucha, y muy profunda. Va a lo esencial. Y esto se agradece en estos momentos
Carlos osoro y el ministro general de los franciscanos/>

Carlos osoro y el ministro general de los franciscanos

  • El Papa Francisco.
  • Fray Rodríguez Carballo, en el centro
  • Carlos osoro y el ministro general de los franciscanos
  • El abrazo del Papa Francisco a su predecesor, Benedicto XVI.
  • El Papa Francisco.
  • Fray Rodríguez Carballo, en el centro
  • Carlos osoro y el ministro general de los franciscanos
  • El abrazo del Papa Francisco a su predecesor, Benedicto XVI.
  • El Papa Francisco.
  • Fray Rodríguez Carballo, en el centro
  • Carlos osoro y el ministro general de los franciscanos
  • El abrazo del Papa Francisco a su predecesor, Benedicto XVI.
(Jesús Bastante).- "Para los franciscanos, el nombramiento de Francisco es una gran alegría y un gran desafío". José Rodríguez Carballo, ministro general de la Orden Franciscana, sostiene que la designación de Bergoglio como nuevo Papa supone un llamamiento para "llevar a la Iglesia a ser más pobre, más sencilla, a estar más cerca de la gente". En esta entrevista con RD durante su presencia en Madrid con motivo de la 42 Semana Nacional de la Vida Religiosa, Carballo sostiene que el Pontífice "quiere cambiar el rostro de la Curia", así como "impulsar el ecumenismo y el diálogo con el hombre y la mujer de hoy", y afirma que Francisco "es una persona muy cercana, que escucha, y muy profunda. Va a lo esencial. Y esto se agradece en estos momentos"

Es un momento muy interesante para la Iglesia y para la orden franciscana, con un Papa jesuita, que ha adoptado el nombre de San Francisco de Asís. ¿Cómo afrontan este hecho los franciscanos?
Ante todo, con mucha alegría. Para nosotros ha sido una gratisima sorpresa. No nos lo esperábamos, aun cuando bromeando decíamos en alguna ocasión que el próximo Papa se llamaría Francisco. Pero yo pienso que nadie lo creía. Y unida a esta gran alegría, para nosotros es un gran desafío.

¿En qué sentido?
En cuanto que para nosotros el hecho de que se hable tanto de San Francisco nos está pidiendo, como digo yo muchas veces a nuestros frailes, que no vivamos tanto de Francisco sino como Francisco. Entonces, interroga nuestra vida, nuestro estilo de vida, nuestra apertura al mundo, nuestro estar con la gente, la dimensión fraterna de nuestro carisma. Yo vivo este momento como un gran desafío, y con enormes posibilidades para revisitar nuestra propia identidad de hermanos menores. Y estoy convencido que el Papa nos va a ayudar a ello.

Y también a la propia Iglesia a recuperar un aspecto que desde fuera parece un poco perdido, y es esa invitación a construir una Iglesia pobre y para los pobres. Francisco parece que se está empeñando mucho en dejar clara esta postura...
Esto nos demuestra también que no ha sido una elección casual el nombre de Francisco. Sino que, con este nombre, el Papa quiere llevar a la Iglesia a ser más pobre, a ser más sencilla, a estar más cerca de la gente. Esto no quiere decir que en la Iglesia no haya habido y no haya en este momento sacerdotes, religiosos, obispos, cardenales, fieles... que vivan todos estos valores. Pero tal vez las estructuras que tenemos no siempre nos llevan a mostrar este rostro particular de la Iglesia que quiere Francisco.

¿Cuáles son los grandes retos que tendrá que afrontar, tanto ad intra, como ad extra, el nuevo Papa?
Por lo que se ve, ad extra él quiere impulsar el ecumenismo, el diálogo interreligioso, el diálogo con el hombre y la mujer de hoy, sean creyentes o no creyentes. Ad intra, también parece que quiere cambiar el rostro de la Curia romana, y tendremos que esperar y ver qué nos depara el Papa Francisco.

¿Y qué cree que nos esperará?
Sin duda, lo que nos deparará es lo que el Espíritu en este momento sugiere, sopla y quiere de la Iglesia. Porque estoy convencido que el Espíritu nos ha dado el Papa que en estos momentos necesita la Iglesia y el mundo.

A diferencia de otras ocasiones, "el mundo" ha recibido con una inusual unanimidad favorable el nombramiento de Francisco y sus primeros gestos...
Bueno, es que son gestos que cautivan. Y sobre todo cautiva el hecho de que los hace con naturalidad. Es decir: no los hace porque es Papa. Es que estos son los gestos que él vivía, y que él hacía cuando era arzobispo de Buenos Aires. Le salen naturales y esto es lo que realmente gusta, cautiva y llama la atención. No es teatro absolutamente, sino que es una forma de vida, que después se manifiesta en algunos gestos.

¿Ha tenido ocasión de hablar con él después de su nombramiento?
Yo ya lo conocía anteriormente, nos encontramos bastantes veces, y sí, tuve ocasión de hablar con él ya como Papa. Tuve la dicha de concelebrar con él el 19 de marzo, el día en que iniciaba el ministerio petrino, y después él me recibió en privado. Por tanto, he tenido ocasión de hablar con él, y tengo que decir lo que dije refiriéndome a los encuentros anteriores, cuando era cardenal. Me da la impresión de tener delante un hermano, un amigo y un compañero de siempre. Realmente, es una persona muy cercana, que escucha, y muy profunda, va a lo esencial. Y esto se agradece en estos momentos.

Pues muchísimas gracias, don José
Paz y bien

Ánimo, Francisco...¡Sé valiente, no temas!

lunes, 1 de abril de 2013


Tendras, en el desierto, la tentación del poder

Ánimo, Francisco...¡Sé valiente, no temas!

"Te querrán hacer creer que tu palabra es más fuerte si se dice desde arriba"

Hno. Héctor Dessavre, 29 de marzo de 2013 a las 09:33

Los zapatos del Papa Francisco
Los zapatos del Papa Francisco
 Se te señalará muy duramente si decides acercarte hoy a las casas de los Zaqueos de este siglo, aquellos homosexuales, narcotraficantes, prostitutas, madres solteras o abortadoras...
Francisco lava los pies de los presos/>

Francisco lava los pies de los presos

  • Francisco lava los pies
  • Francisco lava los pies de los presos
(Hno. Héctor Dessavre, fms).- Francisco, hermano, te veo sencillo, pobre, sonriente.  Francisco, hermano, te veo con ganas de vivir ahí, sí, ahí en el Vaticano, tan lleno de opulencia y podredumbre humana, aquello que el pobre de Asís quiso vivir, aquello que Aquel, que te invitó a lavarle los pies a tus hermanos hizo y le llevó a la cruz.
Francisco, hermano, te veo subido en el autobús entre la gente. Te veo subirte con tus hermanos cardenales en su mismo camión... y me salta el corazón de temor... a la vez que de esperanza.
Y me brotan aquellas palabras dichas por nuestro Maestro: "Padre, si es posible, pase de mí este cáliz"
Francisco, hermano, entrarás en el desierto, estás entrando en este lugar inhóspito, donde la tentación se te hará presente, donde se te invitará a disfrutar de los manjares que la inmensa mayoría de la gente de tu comunidad no tiene, pero haciéndote creer que así se alimenta el representante de Cristo en la tierra.
Francisco, hermano, se te presentará en el desierto, la tentación del poder, del dominio sobre los demás, de inclinarte ante esto que te daría privilegio, vida cómoda, reconocimiento, prestigio. Te querrán hacer creer que tu palabra es más fuerte si se dice desde arriba.
Francisco, hermano, se te presentará la enorme tentación de ser grande, de lanzarte desde lo alto, para convencer. Tendrás la tentación de la inutilidad de la sencillez, de la inutilidad del caminar a pie descalzo con tu comunidad, con tu pueblo.
Francisco, hermano, por fin tendrás la tentación de abandonar al pecador, señalarlo como los otros que se dicen pastores. Se te señalará muy duramente si decides acercarte hoy a las casas de los Zaqueos de este siglo, aquellos homosexuales, narcotraficantes, prostitutas, madres solteras o abortadoras...
¿Por qué su hermano Francisco come con publicanos y pecadores? Preguntarán... te preguntarán. Y si entras con tus pies sin zapatos rojos o con tus manos sucias o tu sotana blanca sucia, por andar entre los niños de la calle, te dirán que no es digno. Algún presidente o reina no querrá saludarte más.
Francisco, hermano, ánimo! ¡No temas! ¡No des marcha atrás! Fortalécete en el diálogo cariñoso, en el abrazo tierno de Dios, tu mamá-papá que te aman. Fortalécete en el encuentro diario con tu Maestro, sí, ese que ya antes hizo esto y subió a la Cruz, por vivirlo. ¡No temas Francisco! ¡Ten ánimo y fortaleza para subir también tú! La resurrección viene después... y tu comunidad eclesial tendrá Vida! El Espíritu del Señor seguirá haciendo su obra...si tú lo dejas.
¡Hago oración por ti hermano Francisco!

De Francisco de Asís a Francisco de Roma

De Francisco de Asís a Francisco de Roma 
El teólogo brasileño traza líneas de semejanzas y diferencias entre el nacido en Italia en 1.181 y el argentino del barrio porteño de Flores.


Desde que el obispo de Roma electo, y por eso Papa, asumió el nombre de Francisco se hace inevitable la comparación entre los dos Franciscos, el de Asís y el de Roma. Además, el Francisco de Roma se remitió explícitamente a Francisco de Asís. Evidentemente no se trata de mimetismo, sino de constatar puntos de inspiración que nos indiquen el estilo que el Francisco de Roma quiere dar a la dirección de la Iglesia universal.


Hay un punto común innegable: la crisis de la institución eclesiástica. El joven Francisco dice haber oído una voz venida del Crucifijo de San Damián que le decía: "Francisco repara mi Iglesia porque está en ruinas". Giotto representó a Francisco soportando sobre sus hombros el pesado edificio de la Iglesia.

Nosotros vivimos también una grave crisis por causa de los escándalos internos de la propia institución eclesiástica. Se ha oído el clamor universal («la voz del pueblo es la voz de Dios»): «reparen la Iglesia que se encuentra en ruinas en su moralidad y su credibilidad». Y se ha confiado a un cardenal de la periferia del mundo, a Bergoglio, de Buenos Aires, la misión de restaurar, como Papa, la Iglesia a la luz de Francisco de Asís.

En el tiempo de san Francisco de Asís triunfaba el Papa Inocencio III (1198-1216) que se presentaba como «representante de Cristo». Con él se alcanzó el supremo grado de secularización de la institución eclesiástica con intereses explícitos de «dominium mundi», de dominación del mundo. Efectivamente, por un momento, prácticamente toda Europa hasta Rusia estaba sometida al Papa. Se vivía en la mayor pompa y gloria. En 1210, con muchas dudas, Inocencio III reconoció el camino de pobreza de Francisco de Asís. La crisis era teológica: una Iglesia-imperio temporal y sacral contradecía todo lo que Jesús quería.

Francisco vivió la antítesis del proyecto imperial de Iglesia. Al evangelio del poder, presentó el poder del evangelio: en el despojamiento total, en la pobreza radical y en la extrema sencillez. No se situó en el marco clerical ni monacal, sino que como laico se orientó por el evangelio vivido al pie de la letra en las periferias de las ciudades, donde están los pobres y los leprosos, y en medio de la naturaleza, viviendo una hermandad cósmica con todos los seres. Desde la periferia habló al centro, pidiendo conversión. Sin hacer una crítica explícita, inició una gran reforma a partir de abajo pero sin romper con Roma. Nos encontramos ante un genio cristiano de seductora humanidad y de fascinante ternura que puso al descubierto lo mejor de nuestra humanidad.

Hay que reformar la Curia y los hábitos clericales de toda la Iglesia. Pero no hay que crear una ruptura que desgarraría el cuerpo de la cristiandad. Otro punto que seguramente habrá inspirado a Francisco de Roma: la centralidad que Francisco de Asís otorgó a los pobres. No organizó ninguna obra para los pobres, pero vivió con los pobres y como los pobres. Francisco de Roma, desde que lo conocemos, vive repitiendo que el problema de los pobres no se resuelve sin la participación de los pobres, no por medio de la filantropía sino de la justicia social que disminuye las desigualdades que castigan a América latina y al mundo entero.

El tercer punto de inspiración es de gran actualidad: cómo relacionarnos con la Madre Tierra y con los bienes escasos. En la alocución inaugural de su entronización Francisco de Roma usó más de 8 veces la palabra cuidado. Es la ética del cuidado, como yo mismo he insistido fuertemente, la que va a salvar la vida humana y garantizar la vitalidad de los ecosistemas. Francisco de Asís, patrono de la ecología, será el paradigma de una relación respetuosa y fraterna hacia todos los seres, al pie de la naturaleza.

Francisco de Asís mantuvo con Clara una gran amistad y de verdadero amor. Exaltó a la mujer y a las virtudes considerándolas «damas». Ojalá inspire a Francisco de Roma una relación con las mujeres, que son la mayoría de la Iglesia, no sólo de respeto, sino también dándoles protagonismo en la toma de decisiones sobre los caminos de la fe y de la espiritualidad en el nuevo milenio.

Francisco de Asís es, según Max Scheler, el prototipo occidental de la razón cordial y emocional. Francisco de Roma, a diferencia de Benedicto XVI, expresión de la razón intelectual, es un claro ejemplo de la inteligencia cordial.

Los franciscanos reciben al papa Francisco como heraldo de la sencillez

domingo, 31 de marzo de 2013



CIUDAD DEL VATICANO (Reuters) - Los monjes del convento de San Francisco de Asís quedaron encantados el miércoles cuando el cardenal argentino Jorge Bergoglio fue elegido Papa y decidió ser el primer pontífice en la historia de la Iglesia en tomar el nombre de Francisco.

"Para nosotros en la basílica de Asís, que custodia el cuerpo de San Francisco, esta decisión nos generó una ola de admiración", dijo el padre Mauro Gambetti, el abad del monasterio.

"San Francisco evoca un camino de humildad y sencillez evangélica (...) el camino que el nuevo Papa indicó en las primeras palabras que dirigió a su Iglesia", manifestó.

San Francisco de Asís, que murió en 1226, está asociado con la paz y un estilo de vida sencillo. Renunció a los privilegios terrenales y vivió en la pobreza y la austeridad.

Fue el fundador de la orden de sacerdotes y religiosas franciscanos, que administra escuelas, hospitales y organizaciones benéficas en todo el mundo.

Los franciscanos mostraron su alegría por el nuevo Papa

Los frailes resaltaron los gestos de Bergoglio en sus primeros días como pontífice. “En este momento la Iglesia necesitaba un Francisco, nos tocó la fortuna de que sea argentino”, dijo Stipech.

CONVENTO DE SAN FRANCISCO DE LA CIUDAD DE SANTA FE
En el convento de San Francisco de la ciudad de Santa Fe se vivió con mucha alegría y emoción la elección de Jorge Bergoglio como el nuevo Papa. El fray Jorge Stipech, quien fue superior del convento de San Francisco de Buenos Aires, llegó a compartir varios momentos con el ahora pontífice. “Él normalmente pasaba a hacer una visita al santísimo y después iba y visitaba a San Francisco en su altar.

Después mantuvimos la amistad de ser arzobispo y nosotros ser religiosos. Nos acompañó en varias oportunidades presidiendo la fiesta de San Francisco”, recordó.

“Me tocó varias veces viajar con él en colectivo o en subte, porque él siempre hacía todo a pie. Pero lo más interesante de esto es que todas esas caminatas las hacía para ir a las villas. Por lo cual, a mí, me parece que va a ser un buen pastor”, aseguró.

Acerca de cómo vivió el momento de la elección de Francisco, Stipech dijo: “Fue algo que me emocionó mucho, me largué a llorar porque nadie lo tenía en cuenta. La otra vez hablaba con un periodista y le decía: «El que entra papable al cónclave, sale cardenal. Y el que entra cardenal, sale papable». Todo el mundo da su opinión, pero es el Espíritu Santo el que los ilumina. La vez anterior (en 2005) ya se decía que él había estado muy cerca. Pero se ve que el Señor no consideraba que era el momento oportuno. Lo que se pudo ver hasta ahora es que está rompiendo con muchos esquemas”.

—¿Cree que a eso la Iglesia lo va a asimilar bien o que eso puede generar rechazo?
—Es un ejemplo que él está haciendo ahora especialmente para los europeos. Yo estuve viviendo 14 años en Roma, en la curia general nuestra, e iba muy seguido al Vaticano. Lo que siempre me llamaba la atención era que Juan Pablo II parecía prisionero porque iban todos a su alrededor cuidándolo. Ahora me parece que es más libre. Yo pensaba: “qué habrán dicho los italianos cuando el Papa pagó de su bolsillo su cuenta en el hotel”. Otra cosa que me llamó la atención fue que siga con su pectoral, que es la cruz que él usaba acá. Posiblemente, después del Día de San José, en su vestimenta tendrá que aceptar algunas cosas. Cada uno elige lo que le parece. Pero me parece que va a ser un buen pastor. En Buenos Aires se lo veía con los chicos de la calle.

Al ser consultado sobre qué significa que haya elegido el nombre Francisco, Stipech dijo: “Pienso que eligió Francisco porque él tenía una gran devoción por San Francisco y tenía la costumbre en sus misas de dar la bendición de San Francisco. Cuando el Cristo de San Damián le habló a San Francisco le pidió que reparara la iglesia que se estaba cayendo. En ese momento, San Francisco interpretó que era el monumento y fue a buscar cosas para poder arreglarlo. Mientras que cuando le dijo «Ya está», el Señor le volvió a repetir y se dio cuenta, Francisco, que se refería a los cristianos de la época. Pienso que él eligió a Francisco por su devoción que él le tenía y por el momento que se estaba viviendo. Y en este momento a la Iglesia le hace falta un Francisco. Nos tocó la fortuna de que sea argentino”.

Por su parte, el fray Jorge Martínez, quien también conoció a Bergoglio aunque no tan de cerca, dijo al respecto: “Eso sí que fue una gran alegría, porque se identifica con un santo que en cierto modo cambió la Iglesia, renunciando a todo, abrazando a la pobreza se decidió por evangelizar al mundo”.

“Él andaba por todos lados predicando el evangelio y viviendo la pobreza, de hecho y concretamente. Renunció a las cosas del mundo y se entregó a Dios. Eso nos impresiona muy bien. En estos momentos en que hay tanta corrupción en todo el mundo, que el Papa dé el ejemplo de renunciar a las cosas del mundo y proponer vivir en pobreza y dar testimonio de pobreza y de evangelización es muy importante”, dijo.

“Esto es asumir valores antiguos”, dijo y agregó: “Cristo es el pobre por excelencia. Lo vemos a él dedicado a la misión del padre y no se aferra a nada. Y Francisco lo que hace es imitar a Cristo y en eso prevalece la pobreza, la entrega, la renuncia, el sacrificio y su devoción por la cruz. Por eso el Papa dijo en estos días «Quien no se abrace a la cruz, miente de su cristianismo»”.

“Creo que va a haber grandes cambios en la Iglesia. El Papa ha sido aceptado en todo el mundo, menos en la Argentina. Y fue aceptado por pequeños gestos que tuvo en estos días que son indicativos de que él tiene una postura bien decidida de renuncia, de pobreza, de testimonio y de abrazarse a la cruz de Cristo”, señaló.

Martínez, quien recordó los encuentros que mantuvo con el ahora Papa en la casa de la Conferencia Episcopal en Buenos Aires, no ocultó su asombro por la elección y manifestó: “Para mí fue una gran sorpresa que él sea el elegido porque ni siquiera figuraba entre los principales papables”.

—Cuando usted reza por Francisco, ¿qué es lo que pide?
—Que Dios le dé fortaleza y vida para poder llevar adelante todo eso. Tengo mis temores.
—¿Por qué?
—Porque él es mayor y es mucha la actividad que le espera. Mi miedo es su salud y no porque esté enfermo. Tuvo enfermedades graves por las que le sacaron medio pulmón, pero está bastante bien. De todos modos son los riesgos de la edad y del mucho trabajo.

Los franciscanos y la misión


Dejará escrito Francisco en su Testamento:«Y después que el Señor me dio hermanos, ninguno me enseñaba lo que debía hacer; mas el Altísimo me reveló que debía vivir según la forma del Santo Evangelio. Y yo, en pocas y sencillas palabras la hice escribir y el Señor Papa me la confirmó».

Los franciscanos y la misión

Fray Zoilo Juan Tonello, OFM Conventuales

Los franciscanos y la MisiónPensar en los orígenes de la Orden Franciscana, nos obliga a situarnos en una época para nosotros muy lejana. Se están cumpliendo hoy 800 años desde que el Papa Inocencio III aprobara la regla que escribió Francisco de Asís, dando inicio con ella a la experiencia evangélica franciscana que hasta hoy perdura. Es justo decir también, que como toda experiencia que se consolida, crece, madura y se expande por el mundo, se va cargando de tradiciones y se va estructurando de tal manera, que los aires frescos de su primavera, la sencillez y espontaneidad de los orígenes, se ve cubierta de ese polvo que el correr de los años le va arrimando, sin por ello perder lo que permanece como esencial a su identidad, en este caso, el desafío siempre presente de vivir con autenticidad los valores del Evangelio.
Hay que recordar también que Francisco, el juglar de Dios como solían llamarlo sus contemporáneos, o el loco de Dios para otros, se planteó en un momento de su búsqueda vocacional, si la voluntad del Padre para él y sus compañeros era vivir el evangelio de nuestro Señor Jesucristo desde la opción contemplativa pura, recluido en algún eremitorio, o si el Señor lo estaba llamando a vivir el evangelio y anunciar la buena nueva del Reino desde la acción apostólica.
Habiendo hecho para ello un discernimiento serio, para lo cual consultó a Clara, su fiel discípula, que para entonces ya habitaba junto a las damas pobres el monasterio de San Damián en las afueras de Asís, concluyó que su vida de hermano menor debía abrevar fuertemente en la contemplación del misterio de Dios, pero para anunciarlo al mundo desde una acción claramente misionera. Por ello, franciscanismo o movimiento franciscano y misión, fueron de la mano desde los inicios de la Orden hasta el presente.
Podemos afirmar sin equívoco alguno, que el fraile franciscano es necesariamente misionero. Prueba de ello, es que cuando Francisco dejó este mundo, el 4 de octubre del año 1226, ya la Orden que él había creado unos 20 años antes, se había expandido por doquier, llegando con la presencia de hermanos a muchos países de la vieja Europa.
¿Existe alguna particularidad en el modo de misionar del franciscano?
Con un tanto de osadía, podríamos atrevernos a decir que la manera de misionar de los hijos de Francisco, llevó un sello, una impronta muy propia, que con precisión de consejos se la diera su célebre fundador.
¿Qué les recomendó Francisco a sus frailes, y en particular a aquellos que serían enviados a anunciar el evangelio de Nuestro Señor Jesucristo en tierra de sarracenos o "infieles"? Podemos leer un texto de la primera regla o regla no bulada:
«Los frailes que van entre sarracenos y otros infieles puedan tratar con ellos espiritualmente de dos maneras. La primera, que no muevan pleitos ni contiendas, mas sean sujetos a toda humana criatura por Dios, y confiesen siempre que son cristianos. La segunda, que cuando vieren ser voluntad de Dios anuncien su palabra para que crean en Dios Todopoderoso, Padre Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas y en Jesucristo, redentor del mundo…».
En esta exhortación, Francisco, que conocía muy bien las tristes consecuencias de los enfrentamientos humanos, en los que la voluntad de un sector buscaba imponerse sobre otros por la fuerza, claramente se decide por el método, diríamos hoy, de la no violencia activa. Cuando vayan entre sarracenos no provoquen contiendas ni pleitos, pero no tengan temor ni vergüenza de confesar que son cristianos. Esta es la actitud que un misionero franciscano debe guardar fielmente. El testimonio personal y comunitario de una vida cristiana auténtica, debe ser para todo franciscano la primera preocupación. Presen-tarse a los hombres como hombres de Dios, portadores de paz, y demostrarlo con el modo de estar entre la gente, debiera ser una característica de quien viste el hábito de Francisco de Asís. El anuncio explícito del Evangelio y de las enseñanzas de la Iglesia, el anuncio de Dios como Padre creador de todas las cosas, de su Hijo y redentor, Nuestro Señor Jesucristo, y del Espíritu Santo, constituyen el segundo paso que un misionero franciscano está invitado a dar.
Sin olvidar de intentar poner en práctica estos dos sabios consejos, la misión franciscana puede luego alcanzar las más variadas concreciones.
La historia nos muestra a los hijos de San Francisco de Asís recorriendo el mundo, llevando el mensaje evangélico, con la sencillez con que la supo trasmitir el pobre de Asís, quien despojado de si mismo y confiando en el obrar de Dios en la pobre herramienta de su persona, dejó huellas imborrables en todos los lugares donde sus pies de peregrino de Dios fueron pisando.
La Orden Franciscana, que con 800 años sobre sus espaldas, ha sembrado el Evangelio en todas partes y continúa hoy haciéndolo, trabajando en y con la Iglesia, allí donde los hombres están esperando que se les anuncie la Buena Noticia.
¿En que terrenos concretamente se puede ver hoy sembrando la semilla del Evangelio a los hermanos franciscanos?
No podríamos decir que el lugar del franciscano hoy es este o este otro, donde está el hombre, allí el mensaje del Evangelio merece ser anunciado, y un misionero hijo de Francisco de Asís deberá hacerlo, primero, con el testimonio de su vida simple, austera e impregnada de valores evangélicos, con dulzura, sencillez, alegría, buen humor y todo condimento que pueda hacer más atractivo el mensaje que debe anunciar y que no le pertenece, pues es el mensaje de Jesucristo.
De cualquier manera, si debiéramos hablar de un lugar social preferido aunque no excluyente, sería el lugar en donde palpita el corazón del pueblo. El franciscanismo siempre se tiñó con los colores de lo popular. Allí donde el pueblo pelea palmo a palmo su existencia, ese es un lugar privilegiado para hacer presente el evangelio con la impronta de la espiritualidad de San Francisco. Allí donde los leprosos de este tiempo deambulan esperando la mano generosa que les salga al encuentro, será el lugar que preferentemente ha de elegir el misionero franciscano. El mundo de los pobres, los marginados por esta sociedad de consumo, los olvidados de las mayorías, allí, un hermano menor ciertamente se sentirá como pez en el agua, porque así lo demostró San Francisco, cuando dejando la ciudad de Asís, cruzó las murallas que la protegían para confundirse con los que habitaban fuera de ella.
Las obras que hoy la Orden Franciscana sostiene y anima en los distintos continentes, son respuestas concretas a las demandas del medio en donde los hermanos establecieron sus comunidades, abarcando variados y diversos espacios. Hoy los encontramos atendiendo comunidades parroquiales en medio de las ciudades como también en las zonas rurales, trabajando en el campo de la educación, en todos sus niveles, prestando servicios a los más pobres entre los que hoy se cuentan los hermanos doblegados por las adicciones, los enfermos de Sida, los niños sin hogar, los refugiados etc.
Concluyendo: Podemos afirmar que para todo cristiano, la misión, en primer lugar es proponerse e intentar vivir de veras su condición de seguidor de Cristo, ser discípulo más que buen alumno, y para un franciscano, eso no sólo responde a una máxima general, sino que aquello que advirtiera el mismo Francisco, cuando a sus hermanos los envió por el mundo a anunciar la Buena Noticia del Reino. Paz y Bien

San Francisco


Vida de San Francisco
Nació en Asís (Italia), en el año 1182. Después de una juventud disipada en diversiones, se convirtió, renunció a los bienes paternos y se entregó de lleno a Dios. Abrazó la pobreza y vivió una vida evangélica, predicando a todos el amor de Dios. Dio a sus seguidores unas sabias normas, que luego fueron aprobadas por la Santa Sede. Fundó una Orden de frailes y su primera seguidora mujer, Santa Clara que funda las Clarisas, inspirada por El.

Un santo para todos
Ciertamente no existe ningún santo que sea tan popular como él, tanto entre católicos como entre los protestantes y aun entre los no cristianos. San Francisco de Asís cautivó la imaginación de sus contemporáneos presentándoles la pobreza, la castidad y la obediencia con la pureza y fuerza de un testimonio radical.
Llegó a ser conocido como el Pobre de Asís por su matrimonio con la pobreza, su amor por los pajarillos y toda la naturaleza. Todo ello refleja un alma en la que Dios lo era todo sin división, un alma que se nutría de las verdades de la fe católica y que se había entregado enteramente, no sólo a Cristo, sino a Cristo crucificado.

Nacimiento y vida familiar de un caballero
Francisco nació en Asís, ciudad de Umbría, en el año 1182. Su padre, Pedro Bernardone, era comerciante. El nombre de su madre era Pica y algunos autores afirman que pertenecía a una noble familia de la Provenza. Tanto el padre como la madre de Francisco eran personas acomodadas.
Pedro Bernardone comerciaba especialmente en Francia. Como se hallase en dicho país cuando nació su hijo, la gente le apodó "Francesco" (el francés), por más que en el bautismo recibió el nombre de Juan.

En su juventud, Francisco era muy dado a las románticas tradiciones caballerescas que propagaban los trovadores. Disponía de dinero en abundancia y lo gastaba pródigamente, con ostentación. Ni los negocios de su padre, ni los estudios le interesaban mucho, sino el divertirse en cosas vanas que comúnmente se les llama "gozar de la vida". Sin embargo, no era de costumbres licenciosas y era muy generoso con los pobres que le pedían por amor de Dios.

Hallazgo de un tesoro
Cuando Francisco tenía unos 20, estalló la discordia entre las ciudades de Perugia y Asís, y en la guerra, el joven cayó prisionero de los peruginos. La prisión duró un año, y Francisco la soportó alegremente. Sin embargo, cuando recobró la libertad, cayó gravemente enfermo. La enfermedad, en la que el joven probó una vez más su paciencia, fortaleció y maduró su espíritu. Cuando se sintió con fuerzas suficientes, determinó ir a combatir en el ejército de Galterío y Briena, en el sur de Italia. Con ese fin, se compró una costosa armadura y un hermoso manto. Pero un día en que paseaba ataviado con su nuevo atuendo, se topó con un caballero mal vestido que había caído en la pobreza; movido a compasión ante aquel infortunio, Francisco cambió sus ricos vestidos por los del caballero pobre. Esa noche vio en sueños un espléndido palacio con salas colmadas de armas, sobre las cuales se hallaba grabado el signo de la cruz y le pareció oír una voz que le decía que esas armas le pertenecían a él y a sus soldados.

Francisco partió a Apulia con el alma ligera y la seguridad de triunfar, pero nunca llegó al frente de batalla. En Espoleto, ciudad del camino de Asís a Roma, cayó nuevamente enfermo y, durante la enfermedad, oyó una voz celestial que le exhortaba a "servir al amo y no al siervo". El joven obedeció. Al principio volvió a su antigua vida, aunque tomándola menos a la ligera. La gente, al verle ensimismado, le decían que estaba enamorado. "Sí", replicaba Francisco, "voy a casarme con una joven más bella y más noble que todas las que conocéis". Poco a poco, con mucha oración, fue concibiendo el deseo de vender todos sus bienes y comprar la perla preciosa de la que habla el Evangelio.

Aunque ignoraba lo que tenía que hacer para ello, una serie de claras inspiraciones sobrenaturales le hizo comprender que la batalla espiritual empieza por la mortificación y la victoria sobre los instintos. Paseándose en cierta ocasión a caballo por la llanura de Asís, encontró a un leproso. Las llagas del mendigo aterrorizaron a Francisco; pero, en vez de huir, se acercó al leproso, que le tendía la mano para recibir una limosna. Francisco comprendió que había llegado el momento de dar el paso al amor radical de Dios. A pesar de su repulsa natural a los leprosos, venció su voluntad, se le acercó y le dio un beso. Aquello cambió su vida. Fue un gesto movido por el Espíritu Santo, pidiéndole a Francisco una calidad de entrega, un "sí" que distingue a los santos de los mediocres.

San Buenaventura nos dice que después de este evento, Francisco frecuentaba lugares apartados donde se lamentaba y lloraba por sus pecados. Desahogando su alma fue escuchado por el Señor. Un día, mientras oraba, se le apareció Jesús crucificado. La memoria de la pasión del Señor se grabó en su corazón de tal forma, que cada vez que pensaba en ello, no podía contener sus lágrimas y sollozos.

"Francisco, repara mi Iglesia, pues ya ves que está en ruinas"
A partir de entonces, comenzó a visitar y servir a los enfermos en los hospitales. Algunas veces regalaba a los pobres sus vestidos, otras, el dinero que llevaba. Les servía devotamente, porque el profeta Isaías nos dice que Cristo crucificado fue despreciado y tratado como un leproso. De este modo desarrollaba su espíritu de pobreza, su profundo sentido de humildad y su gran compasión. En cierta ocasión, mientras oraba en la iglesia de San Damián en las afueras de Asís, le pareció que el crucifijo le repetía tres veces: "Francisco, repara mi casa, pues ya ves que está en ruinas".

El santo, viendo que la iglesia se hallaba en muy mal estado, creyó que el Señor quería que la reparase; así pues, partió inmediatamente, tomó una buena cantidad de vestidos de la tienda de su padre y los vendió junto con su caballo. Enseguida llevó el dinero al pobre sacerdote que se encargaba de la iglesia de San Damián, y le pidió permiso de quedarse a vivir con él. El buen sacerdote consintió en que Francisco se quedase con él, pero se negó a aceptar el dinero. El joven lo depositó en el alféizar de la ventana. Pedro Bernardone, al enterarse de lo que había hecho su hijo, se dirigió indignado a San Damián. Pero Francisco había tenido buen cuidado de ocultarse.

Renuncia a la herencia de su padre Al cabo de algunos días pasados en oración y ayuno, Francisco volvió a entrar en la población, pero estaba tan desfigurado y mal vestido, que la gente se burlaba de él como si fuese un loco. Pedro Bernardone, muy desconcertado por la conducta de su hijo, le condujo a su casa, le golpeó furiosamente (Francisco tenía entonces 25 años), le puso grillos en los pies y le encerró en una habitación.

La madre de Francisco se encargó de ponerle en libertad cuando su marido se hallaba ausente y el joven retornó a San Damián. Su padre fue de nuevo a buscarle ahí, le golpeó en la cabeza y le conminó a volver inmediatamente a su casa o a renunciar a su herencia y pagarle el precio de los vestidos que le había tomado. Francisco no tuvo dificultad alguna en renunciar a la herencia, pero dijo a su padre que el dinero de los vestidos pertenecía a Dios y a los pobres.


Su padre le obligó a comparecer ante el obispo Guido de Asís, quien exhortó al joven a devolver el dinero y a tener confianza en Dios: "Dios no desea que su Iglesia goce de bienes injustamente adquiridos". Francisco obedeció a la letra la orden del obispo y añadió: "Los vestidos que llevo puestos pertenecen también a mi padre, de suerte que tengo que devolvérselos". Acto seguido se desnudó y entregó sus vestidos a su padre, diciéndole alegremente: "Hasta ahora tú has sido mi padre en la tierra. Pero en adelante podré decir: “Padre nuestro, que estás en los cielos”.' Pedro Bernardone abandonó el palacio episcopal "temblando de indignación y profundamente lastimado".

El Obispo regaló a Francisco un viejo vestido de labrador, que pertenecía a uno de sus siervos. Francisco recibió la primera limosna de su vida con gran agradecimiento, trazó la señal de la cruz sobre el vestido con un trozo de tiza y se lo puso.

Llamado a la renuncia y a la negación
Enseguida, partió en busca de un sitio conveniente para establecerse. Iba cantando alegremente las alabanzas divinas por el camino real, cuando se topó con unos bandoleros que le preguntaron quién era. El respondió: "Soy el heraldo del Gran Rey". Los bandoleros le golpearon y le arrojaron en un foso cubierto de nieve. Francisco prosiguió su camino cantando las divinas alabanzas. En un monasterio obtuvo limosna y trabajo como si fuese un mendigo. Cuando llegó a Gubbio, una persona que le conocía le llevó a su casa y le regaló una túnica, un cinturón y unas sandalias de peregrino. Francisco los usó dos años, al cabo de los cuales volvió a San Damián.

Para reparar la iglesia, fue a pedir limosna en Asís, donde todos le habían conocido rico y, naturalmente, hubo de soportar las burlas y el desprecio de más de un mal intencionado. El mismo se encargó de transportar las piedras que hacían falta para reparar la iglesia y ayudó en el trabajo a los albañiles. Una vez terminadas las reparaciones en la iglesia de San Damián, Francisco emprendió un trabajo semejante en la antigua iglesia de San Pedro. Después, se trasladó a una capillita llamada Porciúncula, que pertenecía a la abadía benedictina de Monte Subasio. Probablemente el nombre de la capillita aludía al hecho de que estaba construida en una reducida parcela de tierra.

La Porciúncula se hallaba en una llanura, a unos cuatro kilómetros de Asís y, en aquella época, estaba abandonada y casi en ruinas. La tranquilidad del sitio agradó a Francisco tanto como el título de Nuestra Señora de los Ángeles, en cuyo honor había sido erigida la capilla.

Francisco la reparó y fijó en ella su residencia. Ahí le mostró finalmente el cielo lo que esperaba de él, el día de la fiesta de San Matías del año 1209.
En aquella época, el evangelio de la misa de la fiesta decía: "Id a predicar, diciendo: El Reino de Dios ha llegado... Dad gratuitamente lo que habéis recibido gratuitamente... No poseáis oro ... ni dos túnicas, ni sandalias, ni báculo ...He aquí que os envío como corderos en medio de los lobos..." (Mat.10 , 7-19). Estas palabras penetraron hasta lo más profundo en el corazón de Francisco y éste, aplicándolas literalmente, regaló sus sandalias, su báculo y su cinturón y se quedó solamente con la pobre túnica ceñida con un cordón. Tal fue el hábito que dio a sus hermanos un año más tarde: la túnica de lana burda de los pastores y campesinos de la región. Vestido en esa forma, empezó a exhortar a la penitencia con tal energía, que sus palabras hendían los corazones de sus oyentes. Cuando se topaba con alguien en el camino, le saludaba con estas palabras: "La paz del Señor sea contigo".

Dones extraordinarios
Dios le había concedido ya el don de profecía y el don de milagros. Cuando pedía limosna para reparar la iglesia de San Damián, acostumbraba decir: "Ayudadme a terminar esta iglesia. Un día habrá ahí un convento de religiosas en cuyo buen nombre se glorificarán el Señor y la universal Iglesia". La profecía se verificó cinco años más tarde en Santa Clara y sus religiosas. Un habitante de Espoleto sufría de un cáncer que le había desfigurado horriblemente el rostro. En cierta ocasión, al cruzarse con San Francisco, el hombre intentó arrojarse a sus pies, pero el santo se lo impidió y le besó en el rostro. El enfermo quedó instantáneamente curado. San Buenaventura comentaba a este propósito: "No sé si hay que admirar más el beso o el milagro".

Nueva orden religiosa y visita al Papa
Francisco tuvo pronto numerosos seguidores y algunos querían hacerse discípulos suyos. El primer discípulo fue Bernardo de Quintavalle, un rico comerciante de Asís. Al principio Bernardo veía con curiosidad la evolución de Francisco y con frecuencia le invitaba a su casa, donde le tenía siempre preparado un lecho próximo al suyo. Bernardo se fingía dormido para observar cómo el siervo de Dios se levantaba calladamente y pasaba largo tiempo en oración, repitiendo estas palabras: "Deus meus et omnia" (Mi Dios y mi todo). Al fin, comprendió que Francisco era "verdaderamente un hombre de Dios" y enseguida le suplicó que le admitiese corno discípulo.


Desde entonces, juntos asistían a misa y estudiaban la Sagrada Escritura para conocer la voluntad de Dios. Como las indicaciones de la Biblia concordaban con sus propósitos, Bernardo vendió cuanto tenía y repartió el producto entre los pobres.
Pedro de Cattaneo, canónigo de la catedral de Asís, pidió también a Francisco que le admitiese como discípulo y el santo les "concedió el hábito" a los dos juntos, el 16 de abril de 1209. El tercer compañero de San Francisco fue el hermano Gil, famoso por su gran sencillez y sabiduría espiritual.

En 1210, cuando el grupo contaba ya con 12 miembros, Francisco redactó una regla breve e informal que consistía principalmente en los consejos evangélicos para alcanzar la perfección. Con ella se fueron a Roma a presentarla para aprobación del Sumo Pontífice. Viajaron a pie, cantando y rezando, llenos de felicidad, y viviendo de las limosnas que la gente les daba.

En Roma no querían aprobar esta comunidad porque les parecía demasiado rígida en cuanto a pobreza, pero al fin un Cardenal dijo: "No les podemos prohibir que vivan como lo mandó Cristo en el Evangelio". Recibieron la aprobación, y se volvieron a Asís a vivir en pobreza, en oración, en santa alegría y gran fraternidad, junto a la iglesia de la Porciúncula. Inocencio III se mostró adverso al principio. Por otra parte, muchos cardenales opinaban que las órdenes religiosas ya existentes necesitaban de reforma, no de multiplicación y que la nueva manera de concebir la pobreza era impracticable.

El cardenal Juan Colonna alegó en favor de Francisco que su regla expresaba los mismos consejos con que el Evangelio exhortaba a la perfección. Más tarde, el Papa relató a su sobrino, quien a su vez lo comunicó a San Buenaventura, que había visto en sueños una palmera que crecía rápidamente y después, había visto a Francisco sosteniendo con su cuerpo la basílica de Letrán que estaba a punto de derrumbarse. Cinco años después, el mismo Pontífice tendría un sueño semejante a propósito de Santo Domingo. Inocencio III mandó, pues, llamar a Francisco y aprobó verbalmente su regla; enseguida le impuso la tonsura, así como a sus compañeros y les dio por misión predicar la penitencia.

La Porciúncula
San Francisco y sus compañeros se trasladaron provisionalmente a una cabaña de Rivo Torto, en las afueras de Asís, de donde salían a predicar por toda la región. Poco después, tuvieron dificultades con un campesino que reclamaba la cabaña para emplearla como establo de su asno. Francisco respondió: "Dios no nos ha llamado a preparar establos para los asnos", y acto seguido abandonó el lugar y partió a ver al abad de Monte Subasio. En 1212, el abad regaló a Francisco la capilla de la Porciúncula, a condición de que la conservase siempre como la iglesia principal de la nueva orden. El santo se negó a aceptar la propiedad de la capillita y sólo la admitió prestada. En prueba de que la Porciúncula continuaba como propiedad de los benedictinos, Francisco les enviaba cada año, a manera de recompensa por el préstamo, una cesta de pescados cogidos en el riachuelo vecino.

Por su parte, los benedictinos correspondían enviándole un tonel de aceite. Tal costumbre existe todavía entre los franciscanos de Santa María de los Ángeles y los benedictinos de San Pedro de Asís.
Alrededor de la Porciúncula, los frailes construyeron varias cabañas primitivas, porque San Francisco no permitía que la orden en general y los conventos en particular, poseyesen bienes temporales. Había hecho de la pobreza el fundamento de su orden y su amor a la pobreza se manifestaba en su manera de vestirse, en los utensilios que empleaba y en cada uno de sus actos. Acostumbraba llamar a su cuerpo "el hermano asno", porque lo consideraba como hecho para transportar carga, para recibir golpes y para comer poco y mal. Cuando veía ocioso a algún fraile, le llamaba "hermano mosca", porque en vez de cooperar con los demás echaba a perder el trabajo de los otros y les resultaba molesto.

Poco antes de morir, considerando que el hombre está obligado a tratar con caridad a su cuerpo, Francisco pidió perdón al suyo por haberlo tratado tal vez con demasiado rigor. El santo se había opuesto siempre a las austeridades indiscretas y exageradas. En cierta ocasión, viendo que un fraile había perdido el sueño a causa del excesivo ayuno, Francisco le llevó alimento y comió con él para que se sintiese menos mortificado.

Somete la carne a las espinas; Dios le otorga sabiduría
Al principio de su conversión, viéndose atacado por violentas tentaciones de impureza, solía revolcarse desnudo sobre la nieve. Cierta vez en que la tentación fue todavía más violenta que de ordinario, el santo se disciplinó furiosamente; como ello no bastase para alejarla, acabó por revolcarse sobre las zarzas y los abrojos.
Su humildad no consistía simplemente en un desprecio sentimental de sí mismo, sino en la convicción de que "ante los ojos de Dios el hombre vale por lo que es y no más". Considerándose indigno del sacerdocio, Francisco sólo llegó a recibir el diaconado. Detestaba de todo corazón las singularidades. Así cuando le contaron que uno de los frailes era tan amante del silencio que sólo se confesaba por señas, respondió disgustado: "Eso no procede del espíritu de Dios sino del demonio; es una tentación y no un acto de virtud." Dios iluminaba la inteligencia de su siervo con una luz de sabiduría que no se encuentra en los libros. Cuando cierto fraile le pidió permiso para estudiar, Francisco le contestó que si repetía con devoción el "Gloria Patri", llegaría a ser sabio a los ojos de Dios y él mismo era el mejor ejemplo de la sabiduría adquirida en esa forma.

Sobre la pobreza de espíritu, Francisco decía: "Hay muchos que tienen por costumbre multiplicar plegarias y prácticas devotas, afligiendo sus cuerpos con numerosos ayunos y abstinencias; pero con una sola palabrita que les suena injuriosa a su persona o por cualquier cosa que se les quita, enseguida se ofenden e irritan. Estos no son pobres de espíritu, porque el que es verdaderamente pobre de espíritu, se aborrece a sí mismo y ama a los que le golpean en la mejilla".

La Naturaleza
Sus contemporáneos hablan con frecuencia del cariño de Francisco por los animales y del poder que tenía sobre ellos. Por ejemplo, es famosa la reprensión que dirigió a las golondrinas cuando iba a predicar en Alviano: "Hermanas golondrinas: ahora me toca hablar a mí; vosotras ya habéis parloteado bastante". Famosas también son las anécdotas de los pajarillos que venían a escucharle cuando cantaba las grandezas del Creador, del conejillo que no quería separarse de él en el Lago Trasimeno y del lobo de Gubbio amansado por el santo. Algunos autores consideran tales anécdotas como simples alegorías, en tanto que otros les atribuyen valor histórico.

Aventura de amor con Dios
Los primeros años de la orden en Santa María de los Ángeles fueron un período de entrenamiento en la pobreza y la caridad fraternas. Los frailes trabajaban en sus oficios y en los campos vecinos para ganarse el pan de cada día. Cuando no había trabajo suficiente, solían pedir limosna de puerta en puerta; pero el fundador les había prohibido que aceptasen dinero. Estaban siempre prontos a servir a todo el mundo, particularmente a los leprosos y menesterosos.
San Francisco insistía en que llamasen a los leprosos "mis hermanos cristianos" y los enfermos no dejaban de apreciar esta profunda delicadeza. Les decía a los frailes: ¨Todos los hermanos procuren ejercitarse en buenas obras, porque está escrito: 'Haz siempre algo bueno para que el diablo te encuentre ocupado'. Y también, 'La ociosidad es enemiga del alma'. Por eso los siervos de Dios deben dedicarse continuamente a la oración o a alguna buena actividad.¨
El número de los compañeros del santo continuaba en aumento, entre ellos se contaba el famoso "juglar de Dios", fray Junípero; a causa de la sencillez del hermanito Francisco solía repetir: "Quisiera tener todo un bosque de tales juníperos". En cierta ocasión en que el pueblo de Roma se había reunido para recibir a fray Junípero, sus compañeros le hallaron jugando apaciblemente con los niños fuera de las murallas de la ciudad. Santa Clara acostumbraba llamarle "el juguete de Dios".

Santa Clara 
Clara había partido de Asís para seguir a Francisco, en la primavera de 1212, después de oírle predicar. El santo consiguió establecer a Clara y sus compañeras en San Damián, y la comunidad de religiosas llegó pronto a ser, para los franciscanos, lo que las monjas de Prouille habían de ser para los dominicos: una muralla de fuerza femenina, un vergel escondido de oración que hacía fecundo el trabajo de los frailes.
Evangeliza a los mahometanos

En el otoño de ese año, Francisco, no contento con todo lo que había sufrido y trabajado por las almas en Italia, resolvió ir a evangelizar a los mahometanos. Así pues, se embarcó en Ancona con un compañero rumbo a Siria; pero una tempestad hizo naufragar la nave en la costa de Dalmacia. Como los frailes no tenían dinero para proseguir el viaje, se vieron obligados a esconderse furtivamente en un navío para volver a Ancona. Después de predicar un año en el centro de Italia (el señor de Chiusi puso entonces a la disposición de los frailes un sitio de retiro en Monte Alvernia, en los Apeninos de Toscana), San Francisco decidió partir nuevamente a predicar a los mahometanos en Marruecos. Pero Dios tenía dispuesto que no llegase nunca a su destino: el santo cayó enfermo en España y, después, tuvo que retornar a Italia. Ahí se consagró apasionadamente a predicar el Evangelio a los cristianos.

La humildad y obediencia
San Francisco dio a su orden el nombre de "Frailes Menores" por humildad, pues quería que sus hermanos fuesen los siervos de todos y buscasen siempre los sitios más humildes. Con frecuencia exhortaba a sus compañeros al trabajo manual y, si bien les permitía pedir limosna, les tenía prohibido que aceptasen dinero. Pedir limosna no constituía para él una vergüenza, ya que era una manera de imitar la pobreza de Cristo. Sobre la excelsa virtud de la humildad, decía: "Bienaventurado el siervo a quien lo encuentran en medio de sus inferiores con la misma humildad que si estuviera en medio de sus superiores. Bienaventurado el siervo que siempre permanece bajo la vara de la corrección. Es siervo fiel y prudente el que, por cada culpa que comete, se apresura a expiarlas: interiormente, por la contrición y exteriormente por la confesión y la satisfacción de obra". El santo no permitía que sus hermanos predicasen en una diócesis sin permiso expreso del Obispo. Entre otras cosas, dispuso que "si alguno de los frailes se apartaba de la fe católica en obras o palabras y no se corregía, debería ser expulsado de la hermandad". Todas las ciudades querían tener el privilegio de albergar a los nuevos frailes, y las comunidades se multiplicaron en Umbría, Toscana, Lombardia y Ancona.

Crece la orden
Se cuenta que en 1216, Francisco solicitó del Papa Honorio III la indulgencia de la Porciúncula o "perdón de Asís". El año siguiente, conoció en Roma a Santo Domingo, quien había predicado la fe y la penitencia en el sur de Francia en la época en que Francisco era "un gentilhombre de Asís". San Francisco tenía también la intención de ir a predicar en Francia. Pero, como el cardenal Ugolino (quien fue más tarde Papa con el nombre de Gregorio IX) le disuadiese de ello, envió en su lugar a los hermanos Pacífico y Agnelo. Este último había de introducir más tarde la Orden de los frailes menores en Inglaterra. El sabio y bondadoso cardenal Ugolino ejerció una gran influencia en el desarrollo de la Orden. Los compañeros de San Francisco eran ya tan numerosos, que se imponía forzosamente cierta forma de organización sistemática y de disciplina común. Así pues, se procedió a dividir a la Orden en provincias, al frente de cada una de las cuales se puso a un ministro, "encargado del bien espiritual de los hermanos; si alguno de ellos llegaba a perderse por el mal ejemplo del ministro, éste tendría que responder de él ante Jesucristo". Los frailes habían cruzado ya los Alpes y tenían misiones en España, Alemania y Hungría.

El primer capítulo general se reunió, en la Porciúncula, en Pentecostés del año de 1217. En 1219, tuvo lugar el capítulo "de las esteras", así llamado por las cabañas que debieron construirse precipitadamente con esteras para albergar a los delegados. Se cuenta que se reunieron entonces cinco mil frailes. Nada tiene de extraño que en una comunidad tan numerosa, el espíritu del fundador se hubiese diluido un tanto. Los delegados encontraban que San Francisco se entregaba excesivamente a la aventura y exigían un espíritu más práctico. Es que así les parecía lo que en realidad era una gran confianza en Dios.

El santo se indignó profundamente y replicó: "Hermanos míos, el Señor me llamó por el camino de la sencillez y la humildad y por ese camino persiste en conducirme, no sólo a mí sino a todos los que estén dispuestos a seguirme... El Señor me dijo que deberíamos ser pobres y locos en este mundo y que ése y no otro sería el camino por el que nos llevaría. Quiera Dios confundir vuestra sabiduría y vuestra ciencia y haceros volver a vuestra primitiva vocación, aunque sea contra vuestra voluntad y aunque la encontréis tan defectuosa".
Francisco les insistía en que amaran muchísimo a Jesucristo y a la Santa Iglesia Católica, y que vivieran con el mayor desprendimiento posible hacia los bienes materiales, y no se cansaba de recomendarles que cumplieran lo más exactamente posible todo lo que manda el Santo Evangelio.

El mayor privilegio: no gozar de privilegio alguno
Recorría campos y pueblos invitando a la gente a amar más a Jesucristo, y repetía siempre: 'El Amor no es amado". La gente le escuchaba con especial cariño y se admiraba de lo mucho que sus palabras influían en los corazones para entusiasmarlos por Cristo y su Verdad. Sus palabras eran reflejo de su vida en imitación a Jesús, decía:
"El que ama verdaderamente a su enemigo no se apena de las injurias que éste le provoca, sino que sufre por amor de Dios a causa del pecado que arrastra el alma que lo ofendió. Y le manifiesta su amor con obras".

A quienes le propusieron que pidiese al Papa permiso para que los frailes pudiesen predicar en todas partes sin autorización del obispo, Francisco repuso: "Cuando los obispos vean que vivís santamente y que no tenéis intenciones de atentar contra su autoridad, serán los primeros en rogaros que trabajéis por el bien de las almas que les han sido confiadas. Considerad como el mayor de los privilegios el no gozar de privilegio alguno..." Al terminar el capítulo, San Francisco envió a algunos frailes a la primera misión entre los infieles de Túnez y Marruecos, y se reservó para sí la misión entre los sarracenos de Egipto y Siria. En 1215, durante el Concilio de Letrán, el Papa Inocencio III había predicado una nueva cruzada, pero tal cruzada se había reducido simplemente a reforzar el Reino Latino de oriente. Francisco quería blandir la espada de Dios.
San Francisco se fue a Tierra Santa a visitar en devota peregrinación los Santos Lugares donde Jesús nació, vivió y murió: Belén, Nazaret, Jerusalén, etc. En recuerdo de esta piadosa visita suya, los franciscanos están encargados desde hace siglos de custodiar los Santos Lugares de Tierra Santa.

Misionero ante el Sultán
En junio de 1219, se embarcó en Ancona con 12 frailes. La nave los condujo a Damieta, en la desembocadura del Nilo. Los cruzados habían puesto sitio a la ciudad, y Francisco sufrió mucho al ver el egoísmo y las costumbres disolutas de los soldados de la cruz. Consumido por el celo de la salvación de los sarracenos, decidió pasar al campo del enemigo, por más que los cruzados le dijeron que la cabeza de los cristianos estaba puesta a precio. Habiendo conseguido la autorización del delegado pontificio, Francisco y el hermano Iluminado se aproximaron al campo enemigo, gritando: "¡Sultán, Sultán!". Cuando los condujeron a la presencia de Malek-al-Kamil, Francisco declaró osadamente: "No son los hombres quienes me han enviado, sino Dios todopoderoso.

Vengo a mostrarles, a ti y a tu pueblo, el camino de la salvación; vengo a anunciarles las verdades del Evangelio". El Sultán quedó impresionado y rogó a Francisco que permaneciese con él. El santo replicó: "Si tú y tu pueblo estáis dispuestos a oír la palabra de Dios, con gusto me quedaré con vosotros. Y si todavía vaciláis entre Cristo y Mahoma, manda encender una hoguera; yo entraré en ella con vuestros sacerdotes y así veréis cuál es la verdadera fe". El Sultán contestó que probablemente ninguno de los sacerdotes querría meterse en la hoguera y que no podía someterlos a esa prueba para no soliviantar al pueblo.

Cuentan que el Sultán llegó a decir: "Si todos los cristianos fueran como él, entonces valdría la pena ser cristiano". Pero el Sultán, Malek-al-Kamil, mandó a Francisco que volviese al campo de los cristianos. Desalentado al ver el reducido éxito de su predicación entre los sarracenos y entre los cristianos, el Santo pasó a visitar los Santos Lugares. Ahí recibió una carta en la que sus hermanos le pedían urgentemente que retornase a Italia.

La crisis del acomodamiento lleva a clarificar la regla
Durante la ausencia de Francisco, sus dos vicarios, Mateo de Narni y Gregorio de Nápoles, habían introducido ciertas innovaciones que tendían a uniformar a los frailes menores con las otras órdenes religiosas y a encuadrar el espíritu franciscano en el rígido esquema de la observancia monástica y de las reglas ascéticas. Las religiosas de San Damián tenían ya una constitución propia, redactada por el cardenal Ugolino sobre la base de la regla de San Benito. Al llegar a Bolonia, Francisco tuvo la desagradable sorpresa de encontrar a sus hermanos hospedados en un espléndido convento. El Santo se negó a poner los pies en él y vivió con los frailes predicadores. Enseguida mandó llamar al guardián del convento franciscano, le reprendió severamente y le ordenó que los frailes abandonasen la casa.

Tales acontecimientos tenían a los ojos del Santo las proporciones de una verdadera traición: se trataba de una crisis de la que tendría que salir la Orden sublimada o destruida. San Francisco se trasladó a Roma donde consiguió que Honorio III nombrase al cardenal Ugolino protector y consejero de los franciscanos, ya que el purpurado había depositado una fe ciega en el fundador y poseía una gran experiencia en los asuntos de la Iglesia. Al mismo tiempo, Francisco se entregó ardientemente a la tarea de revisar la regla, para lo que convocó a un nuevo capítulo general que se reunió en la Porciúncula en 1221. El Santo presentó a los delegados la regla revisada. Lo que se refería a la pobreza, la humildad y la libertad evangélica, características de la Orden, quedaba intacto. Ello constituía una especie de reto del fundador a los disidentes y legalistas que, por debajo del agua, tramaban una verdadera revolución del espíritu franciscano. El jefe de la oposición era el hermano Elías de Cortona. El fundador había renunciado a la dirección de la Orden, de suerte que su vicario, fray Elías, era prácticamente el ministro general. Sin embargo, no se atrevió a oponerse al fundador, a quien respetaba sinceramente. En realidad, la Orden era ya demasiado grande, como lo dijo el propio San Francisco: "Si hubiese menos frailes menores, el mundo los vería menos y desearía que fuesen más."

Al cabo de dos años, durante los cuales hubo de luchar contra la corriente cada vez más fuerte que tendía a desarrollar la orden en una dirección que él no había previsto y que le parecía comprometer el espíritu franciscano, el Santo emprendió una nueva revisión de la regla. Después la comunicó al hermano Elías para que éste la pasase a los ministros, pero el documento se extravió y el Santo hubo de dictar nuevamente la revisión al hermano León, en medio del clamor de los frailes que afirmaban que la prohibición de poseer bienes en común era impracticable.

La regla, tal como fue aprobada por Honorio III en 1223, representaba sustancialmente el espíritu y el modo de vida por el que había luchado San Francisco desde el momento en que se despojó de sus ricos vestidos ante el obispo de Asís.

La Tercera Orden
Unos dos años antes, San Francisco y el cardenal Ugolino habían redactado una regla para la cofradía de laicos que se habían asociado a los frailes menores y que correspondía a lo que actualmente llamamos Tercera Orden, fincada en el espíritu de la "Carta a todos los cristianos", que Francisco había escrito en los primeros años de su conversión. La cofradía, formada por laicos entregados a la penitencia, que llevaban una vida muy diferente de la que se acostumbraba entonces, llegó a ser una gran fuerza religiosa en la Edad Media. En el derecho canónico actual, los terciarios de las diversas órdenes gozan todavía de un estatuto específicamente diferente del de los miembros de las cofradías y congregaciones marianas.

La representación del Nacimiento de Jesús
San Francisco pasó la Navidad de 1223 en Grecehio, en el valle de Rieti. Con tal ocasión, había dicho a su amigo, Juan da Vellita: "Quisiera hacer una especie de representación viviente del nacimiento de Jesús en Belén, para presenciar, por decirlo así, con los ojos del cuerpo la humildad de la Encarnación y verle recostado en el pesebre entre el buey y el asno". En efecto, el Santo construyó entonces en la ermita una especie de cueva y los campesinos de los alrededores asistieron a la misa de medianoche, en la que Francisco actuó como diácono y predicó sobre el misterio de la Natividad.
Se le atribuye haber comenzado en aquella ocasión la tradición del "belén" o "nacimiento". Nos dice Tomás Celano en su biografía del Santo: "La Encarnación era un componente clave en la espiritualidad de Francisco. Quería celebrar la Encarnación en forma especial. Quería hacer algo que ayudase a la gente a recordar al Cristo Niño y cómo nació en Belén".

San Francisco permaneció varios meses en el retiro de Grecehio, consagrado a la oración, pero ocultó celosamente a los ojos de los hombres las gracias especialísimas que Dios le comunicó en la contemplación. El hermano León, que era su secretario y confesor, afirmó que le había visto varias veces durante la oración elevarse tan alto sobre el suelo, que apenas podía alcanzarle los pies y, en ciertas ocasiones, ni siquiera eso.

Los Estigmas
Alrededor de la fiesta de la Asunción de 1224, el Santo se retiró a Monte Alvernia y se construyó ahí una pequeña celda. Llevó consigo al hermano León, pero prohibió que fuese alguien a visitarle hasta después de la fiesta de San Miguel. Ahí fue donde tuvo lugar, alrededor del día de la Santa Cruz de 1224, el milagro de los estigmas, del que hablamos el 17 de septiembre. Francisco trató de ocultar a los ojos de los hombres las señales de la Pasión del Señor que tenía impresas en el cuerpo; por ello, a partir de entonces llevaba siempre las manos dentro de las mangas del hábito y usaba medias y zapatos.

Sin embargo, deseando el consejo de sus hermanos, comunicó lo sucedido al hermano Iluminado y a algunos otros, pero añadió que le habían sido reveladas ciertas cosas que jamás descubriría a hombre alguno sobre la tierra.

En cierta ocasión en que se hallaba enfermo, alguien propuso que se le leyese un libro para distraerle. El Santo respondió: "Nada me consuela tanto como la contemplación de la vida y Pasión del Señor. Aunque hubiese de vivir hasta el fin del mundo, con ese solo libro me bastaría". Francisco se había enamorado de la santa pobreza, mientras contemplaba a Cristo crucificado y meditaba en la nueva crucifixión que sufría en la persona de los pobres.

El santo no despreciaba la ciencia, pero no la deseaba para sus discípulos. Los estudios sólo tenían razón de ser como medios para un fin y sólo podían aprovechar a los frailes menores, si no les impedían consagrar a la oración un tiempo todavía más largo y si les enseñaban más bien, a predicarse a sí mismos que a hablar a otros. Francisco aborrecía los estudios que alimentaban más la vanidad que la piedad, porque entibiaban la caridad y secaban el corazón. Sobre todo, temía que la señora Ciencia se convirtiese en rival de la dama Pobreza. Viendo con cuánta ansiedad acudían a las escuelas y buscaban los libros sus hermanos, Francisco exclamó en cierta ocasión: "Impulsados por el mal espíritu, mis pobres hermanos acabarán por abandonar el camino de la sencillez y de la pobreza".

En sus escritos, esto es lo que el Santo nos dejó dicho sobre la vigilancia del corazón: “Cuidémonos mucho de la malicia y astucia de Satanás, el cual quiere que el hombre no tenga su mente y su corazón dirigidos a Dios. Y anda dando vueltas buscando adueñarse del corazón del hombre y, bajo la apariencia de alguna recompensa o ayuda, ahogar en su memoria la palabra y los preceptos del Señor, e intenta cegar el corazón del hombre mediante las actividades y preocupaciones mundanas, y fijar allí su morada”.

Antes de salir de Monte Alvernia, el Santo compuso el "Himno de alabanza al Altísimo". Poco después de la fiesta de San Miguel bajó finalmente al valle, marcado por los estigmas de la Pasión y curó a los enfermos que le salieron al paso.

La hermana Muerte
Las calientísimas arenas del desierto de Egipto afectaron la vista de Francisco hasta el punto de estar casi completamente ciego. Los dos últimos años de la vida de Francisco fueron de grandes sufrimientos que parecía que la copa se había llenado y rebalsado. Fuertes dolores debido al deterioro de muchos de sus órganos (estómago, hígado y el bazo), consecuencias de la malaria contraida en Egipto. En los más terribles dolores, Francisco ofrecía a Dios todo como penitencia, pues se consideraba gran pecador y para la salvación de las almas. Era durante su enfermedad y dolor donde sentía la mayor necesidad de cantar.

Su salud iba empeorando, los estigmas le hacían sufrir y le debilitaban, y casi había perdido la vista. En el verano de 1225 estuvo tan enfermo, que el cardenal Ugolino y el hermano Elías le obligaron a ponerse en manos del médico del Papa en Rieti. El Santo obedeció con sencillez. De camino a Rieti fue a visitar a Santa Clara en el convento de San Damián. Ahí, en medio de los más agudos sufrimientos físicos, escribió el "Cántico del hermano Sol" y lo adaptó a una tonada popular para que sus hermanos pudiesen cantarlo.

Después se trasladó a Monte Rainerio, donde se sometió al tratamiento brutal que el médico le había prescrito, pero la mejoría que ello le produjo fue sólo momentánea. Sus hermanos le llevaron entonces a Siena a consultar a otros médicos, pero para entonces el Santo estaba moribundo. En el testamento que dictó para sus frailes, les recomendaba la caridad fraterna, los exhortaba a amar y observar la santa pobreza, y a amar y honrar a la Iglesia. Poco antes de su muerte, dictó un nuevo testamento para recomendar a sus hermanos que observasen fielmente la regla y trabajasen manualmente, no por el deseo de lucro, sino para evitar la ociosidad y dar buen ejemplo. "Si no nos pagan nuestro trabajo, acudamos a la mesa del Señor, pidiendo limosna de puerta en puerta".

Cuando Francisco volvió a Asís, el Obispo le hospedó en su propia casa. Francisco rogó a los médicos que le dijesen la verdad, y éstos confesaron que sólo le quedaban unas cuantas semanas de vida. "¡Bienvenida, hermana Muerte!", exclamó el Santo y acto seguido, pidió que le trasportasen a la Porciúncula. Por el camino, cuando la comitiva se hallaba en la cumbre de una colina, desde la que se dominaba el panorama de Asís, pidió a los que portaban la camilla que se detuviesen un momento y entonces volvió sus ojos ciegos en dirección a la ciudad e imploró las bendiciones de Dios para ella y sus habitantes.

Después mandó a los camilleros que se apresurasen a llevarle a la Porciúncula. Cuando sintió que la muerte se aproximaba, Francisco envió a un mensajero a Roma para llamar a la noble dama Giacoma di Settesoli, que había sido su protectora, para rogarle que trajese consigo algunos cirios y un sayal para amortajarle, así como una porción de un pastel que le gustaba mucho.
Felizmente, la dama llegó a la Porciúncula antes de que el mensajero partiese. Francisco exclamó: "¡Bendito sea Dios que nos ha enviado a nuestra hermana Giacoma! La regla que prohibe la entrada a las mujeres no afecta a nuestra hermana Giacoma. Decidle que entre".
El Santo envió un último mensaje a Santa Clara y a sus religiosas, y pidió a sus hermanos que entonasen los versos del "Cántico del Sol" en los que alaba a la muerte. Enseguida rogó que le trajesen un pan y lo repartió entre los presentes en señal de paz y de amor fraternal diciendo: "Yo he hecho cuanto estaba de mi parte, que Cristo os enseñe a hacer lo que está de la vuestra”. Sus hermanos le tendieron por tierra y le cubrieron con un viejo hábito. Francisco exhortó a sus hermanos al amor de Dios, de la pobreza y del Evangelio, "por encima de todas las reglas", y bendijo a todos sus discípulos, tanto a los presentes como a los ausentes.
Murió el 3 de octubre de 1226, después de escuchar la lectura de la Pasión del Señor según San Juan. Francisco había pedido que le sepultasen en el cementerio de los criminales de Colle d'lnferno. En vez de hacerlo así, sus hermanos llevaron al día siguiente el cadáver en solemne procesión a la iglesia de San Jorge, en Asís. Ahí estuvo depositado hasta dos años después de la canonización. En 1230, fue secretamente trasladado a la gran basílica construida por el hermano Elías.

El cadáver desapareció de la vista de los hombres durante seis siglos, hasta que en 1818, tras 52 días de búsqueda, fue descubierto bajo el altar mayor, a varios metros de profundidad. El Santo no tenía más que 44 o 45 años al morir. No podemos relatar aquí ni siquiera en resumen, la azarosa y brillante historia de la Orden que fundó. Digamos simplemente que sus tres ramas: la de los frailes menores, la de los frailes menores capuchinos y la de los frailes menores conventuales forman el instituto religioso más numeroso que existe actualmente en la Iglesia. Y, según la opinión del historiador David Knowles, al fundar ese instituto, San Francisco "contribuyó más que nadie a salvar a la Iglesia de la decadencia y el desorden en que había caído durante la Edad Media".

¡San Francisco de Asís: pídele a Jesús que lo amemos tan intensamente como lo lograste amar tú!

La Porciúncula, en la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles
La Porciúncula es un pueblo y a la misma vez una iglesia localizada aproximadamente a tres-cuartos de milla de la ciudad de Asís en Italia. El pueblo ha progresado alrededor de la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles. Fue precisamente en esta Basílica que San Francisco de Asís recibió su vocación en el año 1208. San Francisco vivió la mayor parte de su vida en este lugar. En el año 1211, San Francisco logró una estadía permanente en este pueblo cerca de Asís, gracias a la generosidad de los Benedictinos, los cuales le donaron la pequeña capilla de Santa María de los Ángeles o la Porciúncula, considerada como “una pequeña parte” de esas tierras.

Un día mientras San Francisco estaba arrodillado en la capilla de San Damián, sintió que Cristo le habló desde el crucifijo y le dijo: “Reconstruye mi Iglesia que esta en ruinas.” El se tomó estas palabras literalmente y empezó a reconstruir varias Iglesias. No fue hasta un tiempo después que San Francisco comprendió que el mensaje principal de Cristo era que construyera y fortaleciera espiritualmente la Iglesia de Cristo. Así fue que el Santo comenzó a trabajar en la restauración de las iglesias de San Damián, San Pedro Della Spina y Santa Maria de los Ángeles o de la Porciúncula.

Al lado del humilde santuario de la Porciúncula, fue edificado el primer convento Franciscano, con la construcción de unas cuantas pequeñas chozas o celdas de paja y barro, cercadas con un seto. Este acuerdo fue el comienzo de la Orden Franciscana. La Porciúncula fue también el lugar donde San Francisco recibió los votos de Santa Clara. El 3 de Octubre de 1226, muere San Francisco, y en su lecho de muerte, le confía el cuidado y protección de la capilla a sus hermanos.

Un poco después del año 1290, la capilla, la cual media aproximadamente 22 pies por 13 ½ pies fue ampliamente engrandecida para poder acomodar a la cantidad de peregrinos que venían a visitarla. Más tarde, los edificios alrededor del santuario fueron destruidos por orden de Pio V (1566-72), excepto la celda en la cual murió San Francisco. Luego, estos fueron reemplazados por una gran Basílica, estilo contemporáneo. El nuevo edificio fue erigido sobre su celda y sobre la capilla de la Porciúncula. La Basílica ahora tiene tres naves y un circulo de capillas que se extienden a lo largo de la longitud de los costados.

La Basílica forma una cruz latina de 416 pies de largo por 210 pies de ancho. Un pedazo del altar de la capilla es de la Anunciación, la cual fue pintada por un sacerdote en el año 1393. Uno todavía puede visitar la celda donde murió San Francisco. Detrás de la sacristía se encuentra el sitio donde el santo, durante una tentación se dice, que se revolcó en un arbusto de brezo, el cual después se convirtió en un rosal sin espinas. Fue precisamente durante esa misma noche del 2 de Agosto, que el Santo recibió la “Indulgencia de la Porciúncula.” Hay una representación del recibimiento de esta indulgencia en la fachada de la capilla de la Porciúncula.

Se cuenta que una vez, en el año 1216, mientras Francisco estaba en la Porciúncula, en oración y en contemplación, se le apareció Cristo y le ofreció que le pidiera el favor que el quisiera. En el centro del corazón de San Francisco siempre estaba la salvación de las almas. El soñaba en que su amada Porciúncula fuese un santuario donde muchos se pudieran salvar, entonces le pidió al Señor que le concediera una indulgencia plenaria ( o sea, una completa remisión de todas las culpas), para que todos aquellos que vinieran a visitar la pequeña capilla, una vez que se hubieran arrepentido de sus pecados y confesado, pudieran obtenerla. Nuestro Señor accedió a su petición con la condición de que el Papa ratificará la indulgencia.

San Francisco se fue de inmediato hacia Perugia con uno de sus hermanos en busca del Papa Honorio III. Este, a pesar de alguna oposición de la Curia, ante este favor nunca antes escuchado dio su aprobación a la Indulgencia, limitándola a poder recibirla solamente una vez al año. Posteriormente, el Papa la confirmó y fijo la fecha del 2 de Agosto como el día para alcanzar esta indulgencia. En Italia, es comúnmente conocida como “el perdón de Asís” o la “indulgencia de la Porciúncula”. Este es el recuento tradicional de la historia.

Todos los fieles católicos pueden alcanzar la indulgencia plenaria el 2 de Agosto (o en otro día que haya sido declarado o asignado por el ordinario local para el beneficio de los fieles), bajo las debidas disposiciones (confesión sacramental, santa comunión, y rezar por las intenciones del Santo Padre). Estas condiciones pueden cumplirse unos días antes o después del día en que se gana la indulgencia. También tienen que visitar la iglesia devotamente y rezar el Padrenuestro y el Credo. La Indulgencia se aplica a la Catedral de la Diócesis, y a la co-catedral (si es que existe alguna), aunque no sean parroquiales, y también las iglesias quasi-parroquiales. Para alcanzar esta indulgencia, como cualquier indulgencia plenaria, los fieles tienen que estar libres de cualquier apego al pecado, aún al pecado venial. Donde se desea este apego, la indulgencia es parcial.