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La ciudad del vaticano: Sus organísmos estales

lunes, 1 de abril de 2013

Ciudad del Vaticano: Capilla Sixtina


Capilla Sixtina

Sistina2
La Capilla Sixtina debe su nombre al papa Sixto IV della Rovere (1471-1484), que quiso edificar un nuevo ambiente de grandes dimensiones en el lugar donde surgía la “Capilla Magna”, aula fortificada de edad medieval, destinada a las reuniones de la corte papal. En ese tiempo la corte contaba con unos 200 miembros y estaba compuesta por un colegio de 20 cardenales, representantes de las órdenes religiosas y de las familias más importantes, del complejo de los cantores, de un gran número de laicos y de criados. La construcción sixtina también debía responder a las exigencias defensivas de dos peligros que entonces amenazaban: la Señoría de Florencia, regida por los Médicis, con quienes el papa estaba en permanente tensión, y los turcos de Mahmut II, que en esos años amenazaban las costas orientales de Italia. Su realización empezó en 1475, año del Jubileo proclamado por Sixto IV, y se concluyó en 1483 cuando, el 15 de agosto, el mismo papa inauguró solemnemente la Capilla, dedicada a la Virgen de la Asunción. El proyecto del arquitecto Baccio Pontelli utilizaba hasta un tercio de su altura las paredes construidas en época medieval.
Según algunos especialistas, las medidas del aula (40,23 metros de largo, 13,40 de ancho por 20,70 de altura), tendrían la finalidad de reproducir las del gran templo de Salomón en Jerusalén, destruido por los romanos en el año 70 d.J.C.
La entrada principal de la Capilla, en el lado opuesto a la actual, más pequeña, está precedida por la grandiosa Sala Regia, destinada a las audiencias. Unas ventanas cimbreadas (arqueadas en la parte superior) aseguran la iluminación del ambiente y el techo, con bóveda en cañón, se une a las paredes laterales de lunetas (o bovedillas) y enjutas triangulares. El coro, en el lado derecho, en un tiempo alojaba a los cantores, mientras que el banco de piedra puesto sobre tres de los lados del salón -queda libre sólo el del altar- era para la corte papal. La refinada balaustrada quattrocentista coronada por candelabros, separa el ambiente reservado al clero del destinado al público. A fines delCinquecento esta balaustrada fue trasladada hacia atrás para ampliar el primer espacio. La espléndida pavimentación en mosaico, aún hoy intacta, es de 1400, y sigue modelos medievales. Terminada la estructura arquitectónica en 1481, el papa Sixto IV llamó a los más famosos pintores florentinos, Botticelli, Ghirlandaio, Cosimo Rosselli y Signorelli; de Umbría, a Perugino y Pinturicchio para la decoración de la Capilla. Estos artistas decoraron las paredes laterales, divididas en tres franjas horizontales, y marcadas verticalmente por elegantes pilastras salientes.
En la parte inferior, los frescos imitan cortinas de brocado damasquinado con los escudos papales; en esta franja y sobre ellos se colgaban tapices (algunos de estos, obra de Rafael y de sus ayudantes en el segundo decenio delCinquecento, ahora se encuentran en la sala dedicada al artista en la Pinacoteca Vaticana); en la franja intermedia, la más importante, se pintaron escenas bíblicas con episodios de la vida de Moisés y de Cristo, ambos concebidos como libertadores de la humanidad; en la superior, a la altura de las ventanas, Sixto IV quiso hizo que se incluyeran los retratos de los primeros pontífices en hornacinas monocromáticas: eran una demostración de la continuidad entre su mandato y el de sus antecesores. El cielo o techo dela Capilla, como muestra un famoso dibujo del Cinquecentohoy en los Uffizi de Florencia, hasta la altura de las lunetas había sido decorado con estrellas doradas sobre fondo azul por el pintor Pier Matteo d’Amelia.
Tocó al sobrino de Sixto IV, el emprendedor Giuliano della Rovere, más tarde papa Julio II (1503-1513), hacer que se completaran las decoraciones pictóricas del interior de la Capilla y, en el ámbito de una grandiosa renovación de la ciudad, llamó a Miguel Ángel Buonarroti (1475-1564) a Roma. El artista, ya famoso en Florencia y al que della Rovere anteriormente había encargado otras obras, si bien mediando discusiones iniciales, aceptó decorar “al fresco” la bóveda. La obra fue realizada en cuatro años de duro trabajo, (de 1508 a 1512), y su tema es la historia de la humanidad en el período que precede al nacimiento de Cristo. La pintura de la pared con el “Juicio Final” fue realizada más tarde por el mismo artista: de 1536 a 1541, apetición del papa Paulo III Farnesio (1534-1549), que le había confirmado el encargo del anterior papa Clemente VII (1523-1534). Esta vez el tema representado es el Hado ineluctable, amenaza que se cierne sobre todos los hombres, pues sólo Dios es el árbitro del destino humano.

Capilla Sixtina

Las historias bíblicas de las paredes laterales. Sobre las paredes están representadas: a la izquierda, mirando hacia el Juicio final, escenas sacadas del Antiguo Testamento, con hechos de la vida de Moisés, salvador del pueblo hebreo; a la derecha, escenas del Nuevo Testamento, con escenas de la vida de Cristo, salvador de toda la humanidad, que se pueden leer en forma paralela. En sus orígenes comprendían también el “Moisés hallado sobre las aguas” y “La Natividadde Jesús”, sobre la pared donde hoy se encuentra el Juicio final, borrado en 1534 por Miguel Ángel. El ciclo se cierra en la pared de la entrada principal con la “Disputa por el cuerpo de Moisés” y la “Resurrección de Cristo”, ambas obras pintadas nuevamente en el Cinquecento.
Pared de la izquierda
La primera pintura, el “Viaje de Moisés a Egipto”, atribuido a Perugino, representa el momento en que “Moisés (...) tomó a su mujer y a su hijo y, montádolos sobre un asno volvió a la tierra de Egipto. Tomó también Moisés el cayado de Dios en su mano” (Éxodo 4, 20). Pero durante el viaje —y aquí la pintura se aleja de la narración bíblica– un ángel detiene a Moisés y le ordena hacer la circuncisión de su segundo hijo (a la derecha). Sigue el recuadro con las “Pruebas de Moisés”, obra de Botticelli y de su taller. Es uno de los más complejos, por el sumarse de varios episodios: a la derecha, Moisés mata a un egipcio que ha maltratado a un hebreo; la huida a Madian; el encuentro con unas jóvenes del lugar que abrevan un rebaño; la aparición de Señor en medio de la zarza ardiente (a la izquierda) y, en alto al centro, Dios que se aparece a Moisés y le invita a quitarse las sandalias como muestra de respeto (Éxodo 2,11-20 y 3,1-6). En primer plano, dos espléndidas figuras femeninas, típicas de Botticelli.
El “Paso del Mar Rojo”, atribuido al pintor Biagio d’Antonio (1446-1516). Moisés y su pueblo huyen de Egipto, perseguidos por el ejército del faraón, logran cruzar el Mar Rojo porque Dios hace que las aguas se abran a su paso para cerrarse luego sobre los egipcios que mueren ahogados con sus cabalgaduras (Éxodo 14,23-30). En la parte baja, a la izquierda, una mujer toca la música de un himno de agradecimiento al Señor. La “Entrega de las Tablas de la Ley”, atribuido a Cosimo Rosselli, ilustra la narración bíblica del becerro de oro: Moisés sube al Monte Sinaí para recibir las tablas de la ley (Éxodo 23,12-15), y los hebreos, al ver que no regresa, se reúnen alrededor del sacerdote Aarón, recogen anillos y otros objetos de oro, los funden y forjan un becerro que adorarán sobre el altar. Cuando Moisés, descendiendo del monte con las dos tablas de la ley, ve que el pueblo no ha respetado la prohibición de representar imágenes sagradas, iracundo rompe las tablas (Éxodo 32,1-19). El “Castigo de Coré, Datán y Abirón”, de Botticelli, hace referencia a la rebelión de los hebreos contra el Señor, durante el viaje hacia la tierra prometida, descontentos a causa de las sacrificadas condiciones que Moisés les había impuesto. Dios les castigó haciendo que de repente bajo sus pies se abriera la tierra y se los tragara junto con todos sus biene (Números 16). En el fondo de la escena se ve el Arco de Constantino en Roma. En el “Testamento y muerte de Moisés”, de Signorelli hay otros episodios más: a la derecha, Moisés impartiendo la bendición a los hijos de Israel (Deuteronomio 33) y, a la izquierda, cuando cede el bastón de mando a Josué. Arriba, en el centro, el ángel indica la tierra prometida y, a la izquierda, la muerte de Moisés.
Pared de la derecha
El “Bautismo de Cristo”, de Perugino, con episodios del Evangelio según San Mateo. A la izquierda se muestra la predicación de Juan, que antecede al Bautismo de Cristo. En el mismo plano, el episodio que da su nombre al fresco, y a la derecha Jesús predicando a sus seguidores. Nótese, en el centro de la pintura, la representación de la Trinidad: en alto sobre el Cristo está la paloma del Espíritu Santo y, enmarcada en un tondo, la figura del Eterno rodeado de ángeles.
El segundo recuadro ilustra las “Tentaciones de Cristo” y la “Purificación del leproso” de Botticelli, episodios que también pertenecen al Evangelio según Mateo. En vano Satanás trata de tentar a Cristo para ganar su adoración: lo desafía a transformar las piedras en panes, a lanzarse en el vacío desde lo alto de un templo y hacerse salvar por ángeles, le ofrece todas las bellezas del mundo mostrándoselas desde lo alto de un peñasco (Mateo 4,1-11). En el centro aparece la escena de la purificación de un leproso según el rito hebreo. Al fondo se distingue la fachada del Hospital “Santo Spirito” (de Roma), entre la actual vía della Conciliazione y el Tíber, cuya construcción se debe al papa Sixto IV. La “Vocación de los primeros apóstoles” es de Ghirlandaio e ilustra perfectamente el texto bíblico (Mateo 4,18-22), representando a Jesús en el momento en que invita a los hermanos pescadores Pedro y Andrés (a la izquierda), a arrodillarse ante Él (en primer plano) y llama a seguirle a Santiago y Juan que están en una barca (algo más en alto, a la derecha). El “Sermón de la montaña” (Mateo 5,1-12), que se atribuye a Cosimo Rosselli, representa: a la derecha la curación del leproso (Mateo 8,1-4); a la izquierda Cristo en el discurso de la Montaña sobre las bienaventuranzas. Tiene relación con la pintura de enfrente, sobre el episodio de Moisés recibiendo las tablas de la ley. La “Entrega de las llaves” de la Iglesia de Jesús a Pedro, obra de Perugino es, quizás, la pintura más bella que hay en los muros de la Capilla Sixtina. Sobre un fondo de pavimento en perspectiva, se alza un templo octagonal, típico del Renacimiento, flanqueado por dos arcos triunfales semejantes al de Constantino en Roma: esto querría significar la continuidad existente entre el pasado y el presente. La “Última Cena” de Cosimo Rosselli y Biagio d’Antonio está caracterizada por la presencia de una mesa semioctogonal, a juego con formas análogas en los muros y techo. La figura de Judas está de espaldas y sobre su hombro hay un diablillo. En el fondo se ven las escenas de la Oración del huerto, el Prendimiento de Jesús y la Crucifixión.


Capilla Sixtina

Con sus 800 metros cuadrados de pintura “al fresco”, constituye la obra maestra por excelencia de Miguel Ángel y uno de los ciclos más importantes de la pintura universal. La obra fue empezada en mayo de 1508, quedando interrumpida durante casi un año, de septiembre de 1510 aagosto de 1511. Julio II inauguró solemnemente la Capilla el 1 de noviembre de 1512.
Bóveda
El programa iconográfico se enlaza con los temas de las paredes laterales: ilustra el largo período de tiempo que vivió la humanidad esperando la llegada de Cristo, las profecías que preanunciaban este acontecimiento y la creación del mundo. Todas las figuras se incluyen en una estructura arquitectónica monumental pintada que se superpone a la bóveda verdadera.
La interpretación de las pinturas, por tanto, puede articularse en tres partes:
Primera parte: en los triángulos (enjutas) y en las lunetas sobre las ventanas están los antepasados de Jesucristo siguiendo el orden citado por el evangelio de San Mateo (1,1-17). En espacios angostos y poco profundos, hombres y mujeres, la humanidad y el sucederse de las generaciones, esperan, exhibiendo posturas y actitudes diferentes, el gran acontecimiento de la Revelación: se les ve cansados, abatidos, muchos de ellos con signos de sufrimiento por la inactividad y exasperados por el lentísimo transcurrir del tiempo que los separa del nacimiento de Cristo. Algunas de estas pinturas muestran una habilidad artística aun más extraordinaria: un ejemplo es la figura de Matán (sobre la pared que corresponde a la antigua entrada) o la de Josafat (en el centro de la pared con las historias de Cristo), al fresco, donde se ha aplicado la pintura con pinceladas veloces y colores muy fluidos.
En las cuatro enjutas angulares se ven unos episodios relativos a la salvación del pueblo de Israel. A partir de la antigua entrada, se hallan:
a la derecha, “Judit y Holofernes”. La muchacha hebrea, después de haber embriagado y dado muerte al general Holofernes, a quien el rey babilonio Nabucodonosor había ordenado que atacara al ejército de Israel, entrega la cabeza cortada del asirio a su sierva (Judit 13,8-10);
a la izquierda, en la enjuta se narra el episodio de “David y Goliat”. Durante la guerra entre Hebreos y Filisteos, el joven David se batió valientemente contra el gigante Goliat, que había jurado vencer al ejército judío y hacer esclavo al pueblo hebreo (1, Samuel 17,41-51). Hacia la pared del Juicio, las enjutas presentan:
- a la derecha, la “Serpiente de bronce”. Evoca el episodio bíblico en que el Señor envió serpientes contra los israelitas, que en camino hacia la tierra prometida, descorazonados por las fatigas, habían provocado Su ira y la de Moisés (Números 21,8). Pero el pueblo en marcha por el desierto se arrepiente y Dios lo perdona, ordenando luego a Moisés que haga una serpiente de bronce para que todo el que fuera mordido por una serpiente quedara salvado al mirarla .
- a la izquierda, el “Castigo de Amán”, episodio del libro de Ester. Recuerda la muerte de Amán, joven visir autor del edicto contra los hebreos, que condenaba a muerte a quien no se inclinara ante el rey. Ester, esposa de un rey persa, obtuvo la anulación del decreto, salvando así al pueblo de Israel, e hizo que el misnistro Amón fuera condenado a muerte. Por encima de las enjutas se ven las figuras de unos desnudos en bronce, en posturas simétricas y unos cráneos de bueyes, motivo ornamental clásico que alude a los sacrificios rituales.
Segunda parte: en la franja externa, en imponentes tronos, rodeados por putti (angelotes) desnudos, sobre plintos, se encuentran unas espléndidas figuras: son los siete Profetas bíblicos y las cinco Sibilas paganas que preanunciaron la llegada de Cristo. Los distintos personajes se acompañan, en segundo plano, con angelotes que remarcan su función. Cada uno de los personajes centrales se muestra o leyendo un libro o en la actitud de desenrollar un pergamino, realizando al mismo tiempo un extraordinario esfuerzo espiritual y físico.
Entre las figuras más bellas se destacan la de la Sibila de Delfos y las de los profetas Ezequiel y Jonás. Junto a Jonás se ve el pez dentro del cual vivió tres días, el mismo tiempo que Cristo permaneció en el sepulcro antes de su Resurrección.
Tercera parte: en los rectángulos centrales hay nueve escenas, cuatro de ellas de mayor tamaño, sacadas del Génesis, con tres episodios referidos a la creación del mundo, tres a la historia de Adán y tres a la de Noé. Miguel Ángel empezó a pintar la bóveda a partir de estos últimos episodios quizás con la intención de dejar para un segundo momento las escenas en que aparece el Creador.
Las tres creaciones comienzan con el recuadro de la “Separación de la luz y las tinieblas” (Génesis 1,3-4), con la figura del Creador envuelto en una túnica roja, que ocupa casi completamente el espacio a disposición con un escorzo en perspectiva de gran complejidad. Miguel Ángel completó esta pintura en una sola jornada de trabajo, como lo demuestran los recientes estudios efectuados una vez terminada la limpieza del fresco. A ésta sigue la “Creación de los astros y de las plantas”, escena dividida en dos partes asimétricas, en cada una de las cuales se encuentra la figura del Señor: a la derecha Dios está de frente, con un gesto arrollador, mientras crea los círculos de un sol esplendente y de la luna, más pálida; a la izquierda, en una audaz visión de espaldas, el Señor en el acto de dar origen al mundo de las plantas (Génesis 1,12 -16). El tercer recuadro es el de la “Separación de la tierra y de las aguas” (Génesis 1,7-9). También éste expresa una intensa sugestión gracias a la visión en perspectiva que propone, nunca intentada antes. Luego está la famosísima escena de la “Creación de Adán”, composición cuyo eje, levemente hacia la izquierda, está constituido por las dos manos de los protagonistas que acaban de separarse después haber estado en estrecha unión.
Magnífico el cuerpo de Adán. La figura de Dios, enmarcada por los pliegues de un manto rojo, está acompañada por ángeles sin alas, de expresión asombrada. Es interesante notar que, en realidad, ambas figuras, la del Creador y la de Adán, proceden del mismo cartón preparatorio, como si de este modo se quisiera confirmar la expresión bíblica: “Creó ... Dios al ser humano a imagen suya” (Génesis 1,27). A esta creación le sigue la “Creación de Eva”. Obsérvese que en la obra de Miguel Ángel la primera mujer nace de la roca viva y no de la costilla de Adán, como narra la Biblia.


Capilla Sixtina

El sexto compartimento está ocupado por el “Pecado Original” (a la izquierda) y por la “Expulsión del Paraíso Terrenal” (a la derecha), episodios divididos por el árbol del mal sobre cuyo tronco se ve el cuerpo enroscado de la serpiente y detrás del cual se asoma, en lo alto, el Arcángel Gabriel. El árbol, en posición levemente asimétrica con respecto al centro de la composición, representa la cesura entre un paisaje lozano y una naturaleza árida, expresiones del cambio determinado en la condición humana. Así también los cuerpos de los progenitores han cambiado después de haber cometido el pecado, se los ve envejecidos, lo cual demuestra que según Miguel Ángel el aspecto físico expresa la propia espiritualidad. La séptima escena, el “Sacrificio de Noé”, describe el agradecimiento del Patriarca hacia el Señor después del diluvio. En primer plano, la ofrenda con las vísceras de un carnero: “Noé construyó un altar a Yahveh, y tomando de todos los animales puros y de todas las aves puras, ofreció holocaustos en el altar” (Génesis 8,20). El “Diluvio Universal”, en el octavo recuadro, se inspira libremente en los capítulos 7 y 8 del Génesis. A la derecha hay una tienda, donde se refugian aterrorizados los que serán víctimas del diluvio; en el centro, Noé con una barca, va llevando a los pocos supervivientes hacia el arca, símbolo dela Iglesia, representada en la parte superior, a la izquierda. En primer plano, estructurada sobre una diagonal, se representa la salvación: después del diluvio y una vez que las aguas se han retirado, los supervivientes bajan a tierra llevando consigo las pocas pertenencias salvadas. En la escena aparecen 60 figuras recortadas contra un fondo claro, en un paisaje profundo. Se trataría del primer episodio de los que Miguel Ángel realizó pues a partir de entonces se nota un cambio en las figuras, a las que el artista hace más grandes, en escorzos cada vez más audaces y de composición compleja.
Lamentablemente, en 1797 una explosión en el polvorín de Castel Sant’Angelo, derrumbó parte del cielo donde estaba pintado un rayo, como se ve en las estampas del Cinquecento. Sigue, en el noveno recuadro, el más cercano a la antigua entrada de la Capilla, el episodio de la “Embriaguez de Noé” (Génesis 9,20-23 ), que marca el reanudarse de la vida y de la actividad agrícola sobre la tierra. “Noé se dedicó a la labranza y plantó una viña. Bebió del vino, se embriagó y quedó desnudo en medio de su tienda. Vio Cam, padre de Canaán, la desnudez de su padre, y avisó a sus dos hermanos afuera. Entonces Sem y Jafet tomaron el manto, se lo echaron al hombro los dos, y andando hacia atrás, vueltas las caras, cubrieron la desnudez de su padre sin verla”.
Las escenas del Génesis están contorneadas por los “Ignudi” o Desnudos, extraordinarias figuras masculinas, de complexión poderosa, que podrían aludir a la belleza del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Sentadas sobre cubos de mármol, con posturas forzadas, las figuras sostienen festones o tienden cintas de donde penden grandes medallones de bronce con escenas del Antiguo Testamento. Su función compositiva es notable porque interrumpen la continuidad en la estructuración y unen los diferentes recuadros del Génesis. Se ha señalado que “su presencia, sobre cada uno de los cuatro arrimeces, sirve para enmarcar del modo aparentemente más espontáneo las escenas menores, desempeñando, por tanto una función esencial en el ritmo alternado de los nueve compartimentos”. Dicha función esencial resulta más comprensible si se observa, entre la primera y la segunda escena, el gran arco que, a causa del derrumbe de 1797, perdió una parte del fresco. Desde el punto de vista pictórico todavía es posible notar unos detalles importantes: el agrandarse de las figuras de los desnudos y del Redentor en dirección del altar; el uso diversificado de los colores, más densos en las historias de Noé y aplicado con mayor rapidez en las últimas escenas. Las imágenes en primer plano se destacan mediante bordes netos y precisos, mientras que las más distantes, están tratadas con pinceladas más fluidas y bordes esfumados según una técnica que Miguel Ángel probablemente aprendiera de su contemporáneo Leonardo.


Capilla Sixtina

Jucio Final
Veinte años después de haber terminado la obra en la bóveda, en 1532, el papa Clemente VII (1523-1534) encargó a Miguel Ángel la pintura de la pared del fondo del aula Sixtina. Sin embargo, recién en 1536, bajo el papato sucesivo, de Paulo III Farnesio (1534-1549), el artista comenzó el trabajo, concluyéndolo en 1541, y el 13 de octubre de ese año, en una solemne ceremonia, el grandioso fresco fue descubierto ante el público. Esta obra también debía constituir el símbolo de la restablecida supremacía del Papado después de los trágicos acontecimientos de 1527, fecha del saqueo de la ciudad por las tropas mercenarias germánicas de los Lansquenetes, y después de la crisis luterana que tan intensamente sacudiera la autoridad de la Iglesia de Roma.
Lo primero que hizo Miguel Ángel fue forrar la pared colocándole una superficie de ladrillos levemente inclinada desde lo alto hacia el aula (26 cm), cuyo objeto era impedir que el polvo se depositara fácilmente sobre su superficie y para corregir visualmente las deformaciones de la perspectiva. De esta manera se perdieron algunos de los frescos del Quattrocento y las lunetas que había pintado el mismo Miguel Ángel. Si bien inspirada en los textos bíblicos, especialmente en el Apocalipsis, lo mismo que en la Divina Comedia de Dante Alighieri, en la obra de Miguel Ángel predomina la trágica visión filosófica del artista: en el centro, está Cristo, que con un simple movimiento de los brazos decide el ineluctable destino ultraterrenal de los hombres; unos se salvarán (son las figuras, a la izquierda, que suben al cielo) pero la mayor parte será condenada (las figuras desnudas, a la derecha que precipitan en el Infierno). A su lado está la Virgen.
Las figuras se mueven vertiginosamente, como en un torbellino, sobre un fondo de cielo celeste falto de cualquier elemento arquitectónico. Los ángeles, con el sonido de los clarines, despiertan a los muertos, que se ven en la parte inferior a la izquierda, y los esqueletos paulatinamente van adquiriendo su anterior consistencia hasta alcanzar su completa reencarnación. Los ángeles, sin alas, se encuentran en el centro de la escena general y muestran dos libros: el más pequeño, en la mano del arcángel Miguel, contiene los nombres de los justos, el más grande, los de los condenados. A la izquierda del Cristo se ve, de espaldas, la figura de San Andrés con su cruz; y San Juan Bautista, de fuerte complexión, que podría representar a Adán. En la parte inferior se encuentran: San Lorenzo, con una escalera que alude a su martirio en la parrilla de carbones ardientes; San Bartolomé, que muestra en su mano una piel humana vacía de carne (hay quien ve en esta figura el retrato del mismo Miguel Ángel).
A la derecha se reconoce a: San Pedro, cuyas facciones son las del papa comitente Paulo III, entregando las llaves, una de ellas plateada y la otra dorada; más abajo, San Blas, con los peines de hierro de su tortura y Santa Catalina de Alejandría, con una medialuna dentada, que alude a su martirio (estas dos figuras, en especial la primera, en 1565 sufrieron un consistente retoque que corregía sus posturas, pues se las consideraba impúdicas); a su lado está San Sebastián, arrodillado, con las flechas en la mano. Poco más abajo, siempre a la derecha, se ve la célebre figura del pecador que, aterrorizado se cubre un ojo ante la visión espantosa que se le presenta. Notable la escena con Caronte, mítico barquero de la Eneida, de Virgilio y en la Divina Comedia de Dante como protagonista: él es quien empuja a las almas de los pecadores al infierno, abandonándolas luego a su dramático destino. El grupo se cierra, hacia el ángulo con la figura de Biagio da Cesena, maestro de palacio que calificó la obra de Miguel Ángel digna de un baño o de una hostería.
Para vengarse de sus palabras, el artista lo ha retratado en la figura de Minos, uno de los jueces del más allá en la mitología grecorromana, en la actitud de indicar a los condenados, con las espirales de serpiente envueltas alrededor de su cuerpo, cuál es el “girone” (círculo) al que están destinados. En lo alto del fresco, en fin, están los símbolos de la pasión de Cristo: la cruz, la corona de espinas, los dados con que jugaron los guardias, la columna de la Flagelación, la esponja con la que le dieron de beber. El estilo de Miguel Ángel aquí se muestra profundamente distinto del que ha usado en la bóveda, expresando un sentimiento diferente con respecto a la vida: Dios es el juez severo a quien nadie puede oponerse, ni siquiera la Virgen y menos aún el hombre. Por ello parecería que el dolor hiciera los cuerpos más pesados, como si cargaran sobre sí las huellas de la experiencia terrenal. Los colores se destacan contra el azul claro intenso predominante, de la gama de los rojos pasan, con pocas excepciones, a las tonalidades del pardo y del verde hasta llegar al negro, para acentuar la lectura trágica de los acontecimientos. Sólo detrás de las figuras de Cristo y de la Virgen, con un manto celeste, el fondo se hace más vivo mediante un amarillo intenso que subraya la fuerza del brazo levantado. El Concilio de Trento, concluido en 1563, había recomendado que en los ambientes sacros sólo hubiera obras de arte decorosas y según las sagradas escrituras, por lo que un discípulo de Miguel Ángel, en 1565, Daniele da Volterra debió retocar las figuras en los frescos del “Juicio Final”, cubriendo sus desnudeces con velos, lo que le valió el sobrenombre de “braguettone” (o el que pone bragas, pantalones). A fines del Cinquecento y en los dos siglos sucesivos hubo nuevas intervenciones de este mismo tipo.
Cuando fue el momento de restaurar la pared se planteó la cuestión acerca de estos retoques realizados a seco: si había que eliminarlos o no. Algunos de los especialistas opinaban se debía sacar nuevamente a la luz con fidelidad la obra de Miguel Ángel, mientras que otros consideraban necesario mantenerlos como signo del paso de la obra a través del tiempo. Se llegó a una decisión: se dejaría sólo la intervención de Daniele da Volterra, tangibile testimonio de una época histórica, y se quitarían todos los cambios sucesivos porque, como dijo Juan Pablo II durante la misa del 8 de abril de 1994 en la Capilla, celebrando su reapertura después de la obra de restauración: “justamente la Capilla Sixtina es el santuario de la teología del cuerpo humano” y “es un testimonio de la belleza del hombre creado por Dios como varón y como mujer”; en ella Cristo ha expresado “todo el misterio de la visibilidad de lo invisible”.


Capilla Sixtina

La técnica pictórica de Miguel Ángel y las restauraciones de la Capilla Sixtina
En los años de 1980 a 1994 la Capilla Sixtina sufrió una cuidada restauración que estuvo a cargo de un equipo integrado por especialistas de los Museos Vaticanos y su director, Carlo Pietrangeli, por el profesor Fabrizio Mancinelli, historiógrafo del arte y director de los trabajos, y por Gianluigi Colalucci, jefe-restaurador. Esta obra implicó la limpieza de los frescos de la “Bóveda”, efectuada de 1980 a 1992, y la del “Juicio”, que se acabó en 1994 después de cuatro años de intensa labor.
De este trabajo salió a la luz un Miguel Ángel nuevo, cuyo recuerdo se había perdido a causa del humo de las velas y de las restauraciones (que habían consistido en repintar o en “avivar” los colores, con el resultado de degradarlos, y opacando todavía más las pinturas), que habían ennegrecido las superficies: antes se pensaba que Miguel Ángel había dado mayor importancia al dibujo que al color. Una vez efectuada la limpieza, hubo que actualizar o modificar completamente muchas páginas de la crítica de arte relativas al artista. En efecto, los colores “hallados” resultaban claros, vivaces, combinados con tal maestría pictórica que se reduce el efecto sin volumen de las figuras, determinado, inevitablemente, por la gran distancia entre el ojo del espectador y las pinturas mismas. Resulta de especial interés el uso de los “cangianti”, o sea la técnica de poner arrimados colores que crean intensos contrastes (como se ve en la figura de la Sibila de Delfos o en la del profeta Daniel, y más aun en los triángulos y en los lunetos) lo que sirve para aumentar los volúmenes y poner en evidencia el vigor de las masas.
En la bóveda, Miguel Ángel usó colores muy líquidos y transparentes, aplicados a veces con pinceladas tan veloces y seguras que dejan entrever el fondo. Los bordes en general son netos y decididos en las figuras del primer plano, mientras que en las figuras colocadas atrás son más esfumados y las tonalidades encerradas en el interior son leves, dando la sensación de que una lente enfocara los objetos más cercanos. El artista ha usado colores de óptima calidad, y esto ha permitido la conservación de los frescos a través del tiempo: para los rojos y los amarillos usó ocres (=minerales terrosos), para los verdes, silicatos de hierro y para los azules polvo de lapizlázuli. El lila es el morellone(derivado de una planta herbácea con flores violeta), mientras que el blanco es el que se llama “de San Juan” y el negro es carbón. La obra de restauración representó un acontecimiento de importancia mundial y consistió, después de someter las pinturas a atentísimos análisis de laboratorio, en una primera fase de limpieza con agua destilada, luego en la aplicación de un solvente blando que quitó varios estratos de suciedad pero mantuvo, con finalidad protectiva, el sutil velo de pátina representado por la primera capa de polvo que se depositara sobre los frescos inmediatamente después de su realización. En la actualidad, en la Capillaunos aparatos aerocondicionadores filtran el aire y, mediante un sofisticado sistema de monitoreo, se señalan y controlan las condiciones del ambiente.


Ciudad del Vaticano: Museos Vaticanos

Museos Vaticanos
Museos Vaticanos

En los Museos Vaticanos, cuya competencia y estructura ya se ha explicado, es posible ver pinturas, esculturas y otras obras fruto del ingenio humano, recogidas por los Sumos Pontífices a lo largo de los siglos. Los Museos comprenden además notables monumentos artísticos como la Capilla Sixtina, la Capilla del Beato Angélico, las Estancias y Logia de Rafael y el apartamento Borgia. La Pinacoteca ocupa un edificio construido en 1932, según proyecto del arquitecto Beltrami, junto al Palacio de los Museos, a la que se accede por un elegante pórtico (entrada de las cuatro verjas).
En otro edificio moderno, que también forma parte de los Museos, se encuentran objetos arqueológicos de arte y de tipo etnológico recogidos en los Museos Cristiano, Profano y Misionero-Etnológico, y que anteriormente se hallaban en el Palacio Lateranense.
En 1973, se agregó a los Museos la Colección de Arte religioso moderno. En el Museo Histórico, cuya sede se halla en el Palacio de Letrán, se conservan, entre otros, trofeos de los distintos Cuerpos Militares Pontificios.
Los Museos se abren al público normalmente los días laborables, por las mañanas; en el verano, la apertura se prolonga hasta las primeras horas de la tarde. El último domingo del mes, por la mañana, la visita es gratuita.
Se entra a los Museos por el Viale Vaticano, cerca de la Plaza del Risorgimento.
Como ya se ha indicado, los Museos disponen de un Taller de restauración de pinturas, bronces, mármoles, tapices y otros materiales en ellos conservados; cuenta también con un Gabinete de investigaciones científicas.


Museo Pío - Clementino

Museo Pío - Clementino
Este museo fue creado gracias a los papas Clemente XIV (1769-1774) y Pío VI (1775 -1799) con el fin de reunir las obras maestras griegas más importantes conservadas en el Vaticano.
Dejando atrás el vestíbulo cuadrado y la salita con una espléndida copa marmórea, se entra en el Gabinete del Apoxyomenos, sala que toma su nombre de una copia romana de original griego en bronce, obra de Lisipo (hacia 320 a.C.): representa la figura de un atleta que se limpia con el “strigile”, especie de rasero, usado en la antigüedad para la higiene personal después de las competiciones. La figura mira hacia la lejanía, su cuerpo expresa el momento de relax que sigue a la victoria.
Desde la sala sucesiva se puede ver la escalinata de Bramante, mandada realizar por Julio II en 1512, para comunicar el Palacio de Inocencio VIII (1484-1492) con la ciudad; es de estructura helicoidal para que también se pudiera subir a caballo, construida dentro de una torre cuadrada. De allí se pasa al Patio Octogonal, cuya forma fue determinada por Clemente XIV en 1772. Entre las estatuas más famosas se puede ver el Apolo del Belvedere, copia romana del siglo II d.C. de un original griego en bronce, atribuido a Leojares (330-320 a.C.), colocado en el Ágora de Atenas. Representa al Dios de la belleza, con un brazo extendido para sostener probablemente un arco, y una flecha en la otra mano. Durante el período neoclásico fue tomado como ejemplo de perfección formal y de virtuosismo técnico, y fue llevado al Vaticano por decisión de Julio II.
El famoso grupo del Laocoonte, es una copia romana del siglo I d.C. de un original griego en bronce del siglo II a.C., obra de Hagesandros, Athanadoros y Polydoros, hallado en Roma, en 1506, en la colina del Esquilino. El grupo gozó pronto de gran admiración por parte de Miguel Ángel, y fue adquirido por Julio II quien lo hizo colocar en el Vaticano. La escultura representa al sacerdote troyano Laocoonte. El sacerdote ha advertido a sus conciudadanos sobre el engaño del caballo de madera abandonado por los griegos, desatando la ira de Palas Atenea que lo condena a morir junto con sus hijos, víctimas de las serpientes surgidas del mar. Otras esculturas: el Perseo, con la cabeza de Medusa, entre dos púgiles, obra de Antonio Canova (1800-1801).

Contiguas al patio se encuentran:
- la Sala de los Animales, con estatuas de animales de época romana, ampliamente restauradas a fines del Settecento.
- la Galería de las Estatuas, que en un tiempo era una logia abierta del Palacio de Inocencio VIII, fue transformada en galería de esculturas en la segunda mitad del Settecento. Contiene valiosas estatuas romanas, algunas de ellas copias de obras del período clásico griego (V-IV secolo a.C.), como el Apolo “Sauroktonos” (que mata lagartijas), de un original de Praxiteles (hacia 350 a.C.), y la famosa “Ariadna dormida”, copia romana del siglo II d.C., de un original perteneciente a la escuela de Pérgamo del siglo II a.C.
- la Sala de los Bustos, con retratos de emperadores romanos.
- el Gabinete de las Máscaras, en el que se destaca la Venus Cnidia, copia romana de un original griego del santuario de Cnido, asímismo obra de Praxiteles, muy admirada en la antigüedad (mediados del siglo IV a.C.).
- la Sala de las Musas, donde hay estatuas de musas y de poetas, todas copias romanas de originales griegos. En el centro está el famoso “Torso del Belvedere”, original del siglo I a.C., obra del escultor ateniese Apolonio. Muy admirada en el Renacimiento y en el neoclasicismo, la estatua muestra una complexión poderosa y plena de vigor, perfectamente correspondiente a los ideales de Miguel Ángel. Recientemente, esta escultura ha sido identificada con la figura del héroe griego Ajax, en actitud de meditar el suicidio.
- la Sala Redonda, fue construida por Michelangelo Simonetti con pleno gusto neoclásico a fines del Settecento. En efecto, la cúpula, con 21,60 metros de diámetro, imita a la del Panteón. En el centro se encuentra una gran pila redonda, monolítica, de pórfido, con anchura de casi cinco metros, situada antes en la Domus Aurea, y colocada aquí a fines delSettecento. Muy sugestiva es la figura del Hércules en bronce dorado de fines del siglo II d. C., hallado cerca del Teatro de Pompeyo, y el mosaico del siglo III de las termas de Otricoli (localidad de la región de Umbría).
- la Sala de cruz griega. En ella se destacan el mosaico central, del siglo III d.C., originario de Túscolo, y dos colosales sarcófagos de pórfido rojo: el de la izquierda es de Santa Elena (siglo IV), madre de Constantino (306-337), y procede de su mausoleo en la vía Labicana; el de la derecha es de Constantina, hija del emperador Constantino, proveniente de la iglesia de Santa Constancia en la vía Nomentana. Subiendo por la Escalera Simonetti, se llegan a los demás ambientes del Palacio de Inocencio VIII (1484-1492), donde se encuentra el Museo Etrusco, las Estancias de Rafael y la Capilla Sixtina.

Apartamento de Pío V

Apartamento de Pío V
Comprende una Galería, dos salitas y una capilla. Es obra del papa Pío V (1566-72) y está pintado al fresco por Giorgio Vasari y Federico Zuccari. Allí se exponen tapices flamencos de los siglos XV y XVI. En las dos salitas adyacentes a la galería se hallan: en la primera, una rica colección de cerámicas medievales y renacentistas halladas en los Palacios Vaticanos y en algunos edificios extraterritoriales de Roma; en la segunda, una sugestiva colección de mosaicos en miniatura realizados en Roma desde fines del siglo XVIII hasta la primera mitad del XIX.



Galería de los Candelabros

Galería de los Candelabros
Fue construida en 1761. En sus orígenes era una logia abierta que más tarde fue cerrada (a fines de 1700). Las pinturas del techo son de los años 1883-1887. En esta galería se exponen estatuas romanas, copias de originales griegos del período helenístico (siglos III-I a.C.) y, en los arcos, enormes candelabros del siglo II d.C. originarios de Otricoli.




Museo Etnológico Misionero

Museo Etnológico Misionero
Reúne obras de arte y piezas históricas procedentes de todas las misiones pontificias en el mundo. Son muy interesantes las maquetas de templos como el del Cielo en Pekín, del siglo XV, reconstruido en el XVIII; el altar de Confucio y el Templo sintoísta de la antigua capital japonesa Nara; las estatuas de culto, sobre todo budistas, testimonios de la vida religiosa en Tibet, Indonesia, India y Extremo Oriente; restos arqueológicos de cultura islámica y de África Central; objetos y obras de arte de América, en especial de México, Guatemala y Nicaragua. 



Galería de mapas cartográficos

Galería de mapas cartográficos
Su nombre se debe a los cuarenta mapas pintados al fresco sobre los muros, representando las regiones italianas y las posesiones de la Iglesia en la época del papa Gregorio XIII (1572-1585). Fueron realizados entre los años 1580 y 1585 según los cartones de Ignazio Danti, famoso geógrafo de ese tiempo.
Considerados los Apeninos el elemento divisorio, sobre una pared están pintadas las regiones bañadas por los mares Ligur y Tirreno, sobre la otra, las regiones bañadas por el Adriático. Cada mapa regional presenta el plano de su ciudad principal.

Museo Histórico - Pabellón de Carrozas

Museo Histórico - Pabellón de Carrozas
Fue creado por Pablo VI en 1973, en un amplio local debajo del Jardín Cuadrado. En él se conservan sillas de montar, carrozas, automóviles y sillas de mano usados por distintos pontífices. Entre las curiosidades, además de las carrozas del Ottocento, es posible ver el modelo de la primera locomotora de la Ciudad del Vaticano (1929). Muy interesante también es la Berlina de Gran Gala construida para el papa León XII, usada hasta el pontificado de Pío XI.
El Pabellón de las Carrozas es una sección separada del Museo Histórico que desde 1991 tiene su sede en el Apartamento Papal del Palacio Apostólico del Laterano.

Galería de Tapices

Galería de Tapices
En ella se encuentran tapices flamencos tejidos en Bruselas por el taller de Pieter van Aelst en la época de Clemente VII (1523-1534), siguiendo el diseño de cartones de los discípulos de Rafael. Por primera vez se expusieron en 1531 en la Capilla Sixtina y en 1838 se prepararon para su colocación en esta galería. 

Museo Pío Cristiano

Museo Pío Cristiano
Este museo aloja colecciones de antigüedades cristianas  expuestas antes en el Lateranense. Fue fundado en 1854 por Pío IX. En él se reúnen estatuas, sarcófagos, inscripciones y restos arqueológicos a partir del siglo VI.
De gran interés es la estatua del Buen Pastor, restaurada en el  Settecento; en el origen era un altorrelieve de un sarcófago que representa un joven con túnica sin mangas y una cesta en bandolera que carga sobre sus hombros un cordero.




Pinacoteca

Pinacoteca
El edificio de la Pinacoteca, iniciado por Pío VI (1775-1799) y terminado en 1931, fue construido por voluntad del papa Pío XI (1922-1939) con el fin de albergar una colección de cuadros pertenecientes a varios pontífices.
Napoleón, en 1707 llevó a París muchas de la pinturas hoy expuestas, restituidas después del Congreso de Viena (1815) gracias, en parte, a la mediación desempeñada por el escultor Antonio Canova. Las obras cubren un período desde la Edad Media hasta 1800, y se exponen en orden cronológico a través de dieciocho salas.
Sala I – Se hallan obras de pintores de los siglos XII-XIII y XIV, llamados “primitivos” por ser anteriores a Giotto. Las pinturas sobre tablas de Madera presentan, en general, fondo dorado, figuras de contornos netos y colores uniformes, carecen de perspectiva en los elementos arquitectónicos. A menudo la figura principal se representa en el centro, mientras que a los lados se ilustran algunos episodios de la vida.
Sala II – Está dedicada a los pintores de Siena del siglo XIV y a Giotto (1267-1337), el mayor artista italiano de la Edad Media. Dignos de mención las obras: “Jesús ante Pilatos” de Pietro Lorenzetti (1280/1285-1348), en que la extremada finura y elegancia del trazo pictórico, característica de los pintores de esta ciudad, se muestra en formas sinuosas y en un cálido cromatismo en el “Redentor bendiciendo” de Simone Martini (1284-1344). En el centro se encuentra el “Tríptico” de Giotto, llamado “Stefaneschi”, por el nombre de quien lo encargó, que se encuentra pintado por ambos lados. En el panel central, sobre el recto, está representado San Pedro, en un trono con ángeles y oferentes, y sobre el verso, a Cristo en el trono con ángeles y un oferente (el cardenal Stefaneschi). Notables las decoraciones de mosaico en el trono.
Sala III – En ella se encuentran expuestas obras del primerQuattrocento, período en que la Ciudad de Florencia dio paso al nuevo estilo: el fondo dorado tiende a desaparecer, las figuras se van haciendo cada vez más sólidas, la perspectiva central presenta un único punto de fuga donde convergen las rectas que indican la profundidad.
Una obra muy bella es la pequeña témpera sobre tabla de la “Madonna con el Niño, Santo Domingo y Santa Catalina”, obra del Beato Angelico. En ella las nuevas teorías pictóricas armonizan perfectamente con el amor por la miniatura típico de la Edad Media.
Sala IV – En este ambiente se hallan obras del pintor emiliano Melozzo da Forlì (1438-1494): los “Ángeles Músicos” son fragmentos de un gran fresco que cubría la cúpula absidal de la iglesia de “Santi Apostoli” (Santos Apóstoles), en los alrededores de Plaza Venecia y representaba a “Cristo en la gloria entre ángeles y apóstoles”: son esas figuras en escorzos audaces, de rostros serenos y movidas cabelleras que a menudo se ven en los textos de historia de la música. Otro fresco desprendido de la pared, obra de Melozzo, es “Sixto IV y Platina” (1477) que representa el nombramiento de Platina como Director de la Biblioteca Apostólica, y retrata a Giuliano della Rovere, futuro Julio II, en hábito de cardenal. Todos los personajes están incluidos en una arquitectura de rigurosa perspectiva, con los clásicos motivos de techos artesonados adornados con rosetas, molduras doradas con guirnaldas de roble (roble = “rovere” Sixto IV pertenecía a la familia “della Rovere”).
Sala V – También dedicada a la pintura del Quattrocento. En la obra “Milagros de San Vicente Ferrer” de Ercole de’ Roberti (hacia 1450-1496), se reitera un tema típico de la pintura italiana de este siglo: el gusto por las ruinas antiguas y la arquitectura del pasado.
Sala VI - Contiene polípticos de artistas italianos del siglo XV, a menudo aún ligados a los modos del Trecento (fondo dorado, cuidado por los detalles, etc.).
Sala VII – Recoge obras de la escuela pictórica de Umbría, entre ellas la “Virgen con el Niño y cuatro Santos”, del Perugino (1446-1524), terminada en 1495, en la que el artista compone los personajes en posturas contenidas y equilibradas, incluyéndolas en un espacio arquitectónico dentro de un paisaje dulce y sereno. El artista ya había pintado en la Capilla Sixtina la “Entrega de las Llaves” (1461). Notable, asimismo, el “San Jerónimo en trono” de Giovanni Santi (?-1494), padre del célebre Rafael.
Sala VIII – Sobre las paredes de esta sala se expone un tapiz de la Última Cena sacado de la obra de Leonardo da Vinci (1452-1519) y unos tapices flamencos del siglo XVI, realizados según cartones de Rafael (1483-1520) que se encontraban antes en el interior de la Capilla Sixtina, cubriendo la parte inferior de las paredes. En el centro de la sala hay unas obras de Rafael: a la derecha la “Coronación de la Virgen” de 1502-1503, del período juvenil; a la izquierda “Madonna de Foligno” (1511-1512), contemporánea con respecto a la fase de trabajo en el apartamento de Julio II conocido como las “Estancias”; en el centro, la obra maestra de la “Transfiguración” (1518-1520), en óleo sobre tabla, donde el artista muestra la influencia de Miguel Ángel en la representación dramática de sus figuras.
Sala IX - Contiene una obra inacabada de Leonardo: el famoso “San Jerónimo”, de 1482. En la parte alta, a la izquierda, se observa un paisaje típico leonardesco, de montañas nevadas en la lejanía, así como la figura sufrida del Santo que, abandonados todos los bienes terrenales, abraza la vida ascética. En esta sala también se encuentra “La lamentación sobre el Cristo muerto”, del pintor véneto Giovanni Bellini (1430-1516).
Sala X - Contiene obras realizadas por algunos de los mayores pintores vénetos del Cinquecento: a Tiziano (1490-1576) pertenece la “Madonna de San Nicolás de los Frari”, con la hermosa mujer velada a la derecha, mientras que de Paolo Caliari, llamado el Veronés (1528-1588), es una pintura de Santa Elena. Vista desde una perspectiva más baja, la figura está interpretada según una tipología característica de su autor, representando una rica dama con amplias vestiduras de brocado brillante.
Sala XI – Aquí se encuentran obras de pintores pertenecientes a la segunda mitad del Cinquecento, entre ellas la “Lapidación de San Esteban” de Giorgio Vasari (1511-74), el “Sacrificio de Isaac” de Ludovico Carracci, la “Anunciación” del Cavalier d’Arpino, fechada 1606, y el “Descanso durante la huida a Egipto” de Barocci (1528-1612).
Sala XII – Está dedicada a los pintores del primer Seicento, que de Caravaggio heredaron el gusto por el realismo y las posturas en escorzos. De especial interés: la “Comunión de San Jerónimo”, de Domenichino pintada en 1616, la “Crucifixión de San Pedro” y “San Mateo y el ángel” de Guido Reni (1575-1642), “San Pedro negando a Cristo” de la escuela caravaggesca, el “Descendimiento de la cruz” obras de Caravaggio de 1604 y el “Martirio de San Erasmo” del pintor francés Nicolas Poussin.
Salas XIII, XIV y XV – En la primera sala se encuentran pinturas del flamenco Van Dyck, del italiano Pietro da Cortona y del francés Nicolas Poussin, mientras que en las salas XIV y XV hay cuadros de “género” del 1600 y 1700.
Sala XVI - En ella se exponen cuadros del pintor bohemio Wenzel Peter (1745-1829), nacido cerca de Praga. Destaca el magnífico “Adán y Eva en el Paraíso Terrenal”, con su excepcional variedad de flores y animales. En dos pequeñas salas contiguas están los modelos preparatorios en creta de las estatuas para la Basílica de San Pedro (sala XVII) de Gian Lorenzo Bernini, y unos iconos griegos del siglo XV al XIX (sala XVIII).

Sala Sobieski y de la Inmaculada

Sala Sobieski y de la Inmaculada
La Sala Sobieski debe su nombre al gran lienzo del pintor polaco Jean Matejko (1838-1893) que representa la victoria del rey de Polonia, Juan III Sobieski, sobre los turcos en Viena (1683).
Las demás pinturas de la sala pertenecen al Ottocento, al igual que las que están en la Sala de la Inmaculada, caracterizada por una gran vitrina, regalo de la fábrica francesa Christofle, donde se guardan los libros que reyes, obispos, ciudades y diócesis regalaron a Pío IX (1846-1878) cuando se instituyó el dogma de la Inmaculada Concepción. 

Museo Egipcio

Museo Egipcio
El Museo Egipcio se encuentra al final de un tramo de la Escalera Simonetti (por el nombre del constructor que la proyectó en los años 1771-1784). Fundado en 1839 por Gregorio XVI, contiene piezas egipcias adquiridas por los papas a fines del 1700 y estatuas llevadas a Roma en la época imperial. En la tercera sala, merecen especial atención, además de los preciosos sarcófagos del III y del II milenio a.C., las estatuas que adornaban la Villa del emperador Adriano (117-138): son de basalto negro, esculpidas imitando modelos egipcios. 

Museo Etrusco

Museo Etrusco
Fundado en 1837 por el papa Gregorio XVI, recoge recipientes, bronces y otras piezas originarias de la Etruria meridional, una gran colección de cerámicas de la Italia helenística y objetos de edad romana (Antiquarium Romanum).
La sala II merece atención especial por contener objetos hallados en la tumba Regolini Galassi. En las salas IV-VIII, llamadas de las “Joyas”, se exponen collares de oro elaborados por orfebres etruscos, pertenecientes a los diez siglos de vida de esta civilización. 

Museo Chiaramonti

Museo Chiaramonti
Este Museo fue creado por voluntad de Pío VII Chiaramonti (1800-1823) para albergar estatuas y bustos romanos; fue organizado en 1807 por el escultor neoclásico Antonio Canova. Agrupa cerca de un millar de esculturas, entre las cuales se encuentran retratos de emperadores, imágenes de dioses y numerosos fragmentos, frisos y relieves procedentes de sarcófagos. Hay que destacar el monumento fúnebre a un molinero, obra del siglo I d.C., procedente de Ostia.
PARTE NUEVA
Es el edificio mandado construir por Pío VII e inaugurado en 1822. En él hay estatuas romanas y copias de originales griegos siempre de época romana; en los pavimentos se han colocado mosaicos. Obras de notable importancia son: la estatua de Augusto hallada en Prima Porta (zona al norte de Roma); una copia romana del Doríforo, de un original del escultor griego Polícleto (440 a.C.); dos espléndidos pavos reales en bronce dorado, anteriormente quizás en el mausoleo de Adriano, cuyas copias están en el Patio de la Piña; la estatua del Nilo, copia romana de escultura helenística del siglo I d.C., procedente del templo dedicado a la diosa egipcia Isis en las cercanías del Panteón, que representa al gran río con sus afluentes.

Museo Gregoriano Profano

Museo Gregoriano Profano
Este museo, instituido en 1844 por Gregorio XVI (1831-1846), se encontraba inicialmente en el Palacio de Letrán, hasta que en 1970 fue trasladado al Vaticano por decisión de Juan XXIII. Sus salas guardan originales griegos, copias griegas de edad romana y esculturas romanas de los siglos I al III d.C. Es famoso el grupo de Atenea y Marsias, de un original griego de Mirón (hacia el 450 a.C.).


Patios

Patios
Dejando a la izquierda el llamado Atrio de las Corazas y atravesando el Atrio de las Cuatro Cancelas, se llega al Patio de la Piña, situado en una parte del espacio cinquecentesco del Belvedere. Este último fue proyectado en 1506 por el arquitecto Donato Bramante, por encargo de Julio II, con el objeto de poner en comunicación el Palacio de Inocencio VIII (1484-1492) con la Capilla Sixtina, mandada construir por Sixto IV (1471-1484). El Patio estaba dividido entonces en tres zonas con dimensiones diferentes, unidas entre sí por elegantes tramos de escalera y cerrado lateralmente con cuerpos de albañilería ritmados por semicolumnas estriadas sobre las que se apoyaban grandes arcos. La pavimentación y los brazos laterales se inclinaban ligeramente hacia la Capilla Sixtina, con el fin de engañar la vista de quien se asomara al patio desde los apartamentos reales, haciendo que su extensión le pareciera mayor. En la extremidad norte se había previsto una gran hornacina para cerrar la perspectiva: ésta fue realizada en 1565, como se encuentra actualmente, en el llamado Patio de la Piña, por el arquitecto Pirro Ligorio que usó la cúpula del Panteón como modelo.
Las sugestivas estampas de la primera midad del siglo XVI ofrecen una idea de las celebraciones que aquí tenían lugar. A fines de 1500 el Patio del Belvedere fue dividido en dos partes mediante la construcción de un brazo transversal de la Biblioteca de Sixto V (1585-1590). Años después, en 1822 se realizó un segundo cuerpo de albañilería transversal, llamado “Brazo Nuevo”, destinado a contener una colección de estatuas. En la actualidad allí hay tres espacios abiertos: el Patio de la Piña, el Patio de la Biblioteca y el Patio del Belvedere. El Patio de la Piña recibe este nombre por la colosal piña de bronce de casi 4 metros de altura que en época clásica se encontraba en Roma, en los alrededores del Panteón, por lo que el barrio se llama “de la Piña”.
Es problable que en la Edad Media la misma fuera llevada al atrio de la antigua basílica de San Pedro, de donde se la trasladó en 1608. A los lados había dos pavos reales de bronce, copias de originales del siglo II d.C., conservados en el Brazo Nuevo. En el centro del amplio espacio abierto hay dos esferas concéntricas obra del escultor Arnaldo Pomodoro (1990). 

Apartamento Borgia

Apartamento Borgia
Constituye el ala más reservada creada por decisión del papa Alejandro VI Borgia (1492-1503), con decoración de Bernardino di Betto llamado Pinturicchio y sus ayudantes. Cuando falleció el pontífice, los aposentos quedaron abandonados. Sólo a fines del Ottocento se abrieron de nuevo al público. En la actualidad gran parte de las salas recogen la Colección de Arte Religioso Moderno, inaugurada por Paulo VI en 1973. La Colección comprende unas seiscientas obras de pintura, escultura y grabados, donadas por artistas contemporáneos italianos y extranjeros, con obras de Gauguin, Chagall, Klee y Kandinskij.

Estancias de Rafael

Estancias de Rafael
Las “Estancias Vaticanas” constituían los apartamentos del papa Julio II (1503-1513), que no quiso habitar en los ambientes utilizados por su antecesor Alejandro VI, ya decorados en fresco por Pinturicchio, y se trasladó a la planta superior, al ala construida a mediados del Quattrocento por Nicolás V.
 Antes de Rafael, ya habían trabajado otros personajes mucho más famosos, como su maestro Perugino, pero el papa Julio II dio a Sanzio (1483-1520) plena libertad de acción para la realización de los frescos, y éste borró todo lo hecho hasta entonces. Las estancias fueron pintadas en el siguiente orden cronológico: Estancia de la Signatura 1508-1511, Estancia de Heliodoro 1511-1514, Estancia del Incendio del Borgo 1514-1517, Sala de Constantino 1517-1524.
Siguiendo un recorrido ya establecido se pueden visitar: laSala de Constantino, realizada en gran parte por los discípulos de Rafael, ya que el maestro falleció inesperadamente el 6 de abril de 1520. Entre los pintores más importantes recordamos a Giulio Romano y a Francesco Penni. Los episodios que en ella se narran son: el “Bautismo de Constantino” en la basílica de San Juan en Letrán; la “Aparición de la Cruz a Constantino”; la “Batalla de Puente Milvio”, en la que, según narra la tradición, Constantino tuvo la visión de la cruz anunciándole su victoria contra el pagano Magencio y la “Donación de Constantino” (ambientada en el interior de la Basílica de San Pedro), acto que habría dado origen al Estado Pontificio (en realidad, éste nació en el año 756 con la famosa donación de tierras de la Italia Central por parte de Pepino, rey de los Francos, a la Santa Sede). El techo, decorado en 1585 por el pintor Tommaso Laureti, representa el “Triunfo del Cristianismo” contra el paganismo, simbolizado por la estatua caída y rota que se ve en tierra.
Desde allí se pasa al núcleo más antiguo del Duecento del Palacio Pontificio: la Sala de los Claroscuros, pintada al fresco sobre diseño de Rafael, en el segundo decenio delCinquecento, y la Capilla Nicolina, lugar privado de oración del papa Nicolás V, pintada entre 1447 y 1451 por el Beato Angelico, fraile dominico dedicado al arte de la miniatura, para ilustrar hechos de la vida de San Esteban y de San Lorenzo.
Siguiendo el recorrido de las Estancias de Rafael, el visitante llega a la Estancia de Heliodoro, la segunda que realizara Rafael de Urbino entre los años 1511 y 1514. En ella se exalta el poder espiritual y temporal de la Iglesia, describiendo las intervenciones de Dios en favor de los hombres. En la “Misa de Bolsena” se representa el milagro que, según la tradición, en 1263, hizo que manaran gotas de sangre de la hostia consagrada, convenciendo a un sacerdote bohemio sobre la veracidad de la transustanciación del pan en el cuerpo de Cristo y del vino en su sangre. Nótese la presencia del papa Julio II, que encargó la obra, asistiendo a la misa. La “Expulsión de Heliodoro” del templo de Jerusalén demuestra el carácter inviolable del patrimonio de la Iglesia: Heliodoro, que ha robado el tesoro del templo hebraico de Jerusalén, es alcanzado por unos mensajeros divinos que lo castigan mientras que un grupo de personas, entre ellas el mismo Julio II, presencian la escena. Con respecto a la “Escuela de Atenas” que se verá luego, el centro de la pintura vacía y los colores oscuros recuerdan la influencia de la pintura véneta de ese tiempo. También en la “Liberación de San Pedro de la cárcel” se encuentran tonalidades como las anteriores; se trata de uno de los primeros nocturnos de la historia del arte italiana. El fresco está dividido en tres episodios: el ángel se presenta a San Pedro invitándolo a seguirlo (en el centro), la huida de San Pedro y el ángel (a la derecha), y el despertar de los guardias sobre un fondo de magnífico claro de luna (a la izquierda).
A continuación, la “Estancia de la Signatura”, la primera pintada por Rafael. El nombre se debe a la función de este ambiente, destinado a biblioteca papal donde se firmaban los documentos oficiales. Aquí están representadas las tres categorías neoplatónicas de lo Verdadero, lo Bueno, lo Bello. Lo Verdadero sobrenatural se representa en la Disputa del Santísimo Sacramento, lo Verdadero racional en la Escuela de Atenas, lo Bueno en las figuras de las Virtudes y de la Ley, mientras que lo Bello es el Parnaso.

Estancias de Rafael

La “Disputa del Santísimo Sacramento” representa, en la parte inferior, a los lados de un altar con la custodia, dos alas de personajes eclesiásticos que “discuten” sobre las “verdades” que están en el cielo; en lo alto, dispuestos en semicírculo, sobre una exedra de nubes, sentados, los santos y profetas en serena conversación pues han podido ver en el cielo lo que se les prometiera en la tierra. Más arriba, Cristo, acompañado de la Virgen y San Juan, y en la extremidad superior Dios Padre, mientras que a los pies hay una paloma, símbolo del Espíritu Santo. La perspectiva del pavimento tiene su punto de fuga en el ostensorio, elemento focal de la composición.
La “Escuela de Atenas” es una de las pinturas más famosas de Rafael: sobre el fondo de una arquitectura antigua, probablemente símbolo del nuevo San Pedro de Bramante, se encuentran: en el centro Platón con los rasgos de Leonardo, señalando el cielo con el dedo, alusión al mundo de las ideas, y Aristóteles, con la palma de la mano hacia la tierra, indicando, al contrario, el principio racionalista de su filosofía. Los dos grandes protagonistas del pensamiento antiguo se encuentran rodeados de una multitud de filósofos con las facciones de hombres de ese tiempo, entre los que se ve, en primer plano, a Heráclito (Miguel Ángel), Euclides (Bramante) que traza una figura geométrica sobre una pizarra, Diógenes, casi recostado sobre la escalera, Tolomeo y Zoroastro, con el globo terráqueo y la esfera celeste en sus respectivas manos. El segundo personaje a la derecha, con el gorro verde, es el autorretrato de Rafael. En el “Parnaso” están representados Apolo, rodeado de musas, poetas y literatos famosos. Entre otros, se reconoce, a la izquierda, a Homero mirando al cielo, y a Dante, de perfil.
En la última sala decorada por encargo de León X de Médicis (1513-1521) cuyo nombre nace de la pintura principal, se narran los grandes acontecimientos históricos ocurridos durante los reinados de papas de nombre León. El “Incendio del Borgo” narra la milagrosa intervención del papa León IV en el año 847 cuando, asomándose a la ventana de la logia de las Bendiciones, con el simple signo de la cruz, domó un terrible incendio propagado en el barrio alrededor de la Basílica Vaticana.
Los demás frescos son el “Juramento de León III”, la “Coronación de Carlomagno” por el mismo León III en el año 800, y la “Batalla de Ostia” con la victoria de León IV sobre los sarracenos en el litoral romano en el año 849; todos los frescos sono obra de la escuela de Rafael. La construcción de las "Loggie" (Galerías) comenzó en 1508 por obra del arquitecto Donato Bramante; a su muerte (1514), los trabajos prosiguieron bajo la dirección de Rafael, a quien se deben también los frescos de la segunda planta. Éstos, realizados con la colaboración de sus discípulos, constituyen la respuesta pictórica a su rival Miguel Ángel, tanto que el artista propuso nuevamente allí la mayor parte de los temas del Génesis que aparecen en la Capilla Sixtina.
Los frescos de la primera planta y de la tercera, en cambio, son de pintores del Cinquecento: Giovanni da Udine, Giulio Romano y Perin del Vaga. En especial son interesantes las decoraciones de grotescos, caracterizadas por motivos vegetales mezclados con extravagantes figuras humanas o de animales, inspirados en las pinturas de la Domus Aurea, residencia del emperador Nerón (54-64), descubierta poco tiempo antes.


Sala de la Biga

Biga
En un ambiente de fines delSettecento se conserva el monumental grupo marmóreo romano del carro de biga tirado por dos caballos: fechado en el siglo I d.C., fue restaurado en 1788. Otra obra famosa que se puede ver es la copia del Discóbolo, de un original griego de bronce, de Mirón (hacia 460 a.C.), hallada en la Villa Adriana de Tívoli.








Ciudad del Vaticano: Palacios Vaticanos, Castelgandolfo


Palacios Vaticanos

Palacios Vaticanos
A partir de mediados del siglo IX, el área alrededor de la antigua basílica de San Pedro constituía una ciudadela fortificada gracias a las murallas hechas por León IV (847-855), la llamada "ciudad leonina". Entre fines del Duecento y los primeros decenios del Trecento se construyeron unos edificios alrededor del llamado patio del Papagayo que formarán el primer núcleo de los Palacios Vaticanos. Concluido el exilio de Aviñón (1309-1377), habrá que esperar a fines delQuattrocento para ver la realización de otras construcciones, como el Palacio de Sixto IV (1471-1484), con la Capilla Sixtina, que toma su nombre, y el de Inocencio VIII (1484-1492), situado a 300 metros al norte de la Basílica Vaticana.
A Julio II (1503-1513) y a su arquitecto Donato Bramante se debe la idea de poner en comunicación los dos núcleos de los Palacios construidos por sus antecesores mediante dos cuerpos longitudinales que encierran un grandioso patio subdividido en tres niveles. Los papas del Cinquecento y delSeicento prosiguieron con la ampliación de los Palacios Vaticanos. En especial, también se debe a Sixto V (1585-1590) el edificio de la residencia actual del papa y desde el que cada domingo se asoma al mediodía (segunda ventana a la derecha, del tercer piso) para bendecir a la muchedumbre reunida en la plaza.


Castelgandolfo

Castelgandolfo
CASTELGANDOLFO: DE RESIDENCIA IMPERIAL A VILLA PONTIFICIA
El visitante que entra por vez primera en las Villas Pontificias de Castelgandolfo no imagina encontrarse con importantes restos de una de las más famosas villas de la antigüedad, laAlbanum Domitiani, grande residencia de campo del emperador Domiciano (81-96 d.C.), que tenía una extensión de 14 km2, desde la Via Appia hasta el lago de Albano. Las Villas Pontificias se levantan sobre los restos de la parte central de la residencia imperial que incluía, según la hipótesis de algunos estudiosos, también la Arx Albana, situada en el extremo de la colina de Castelgandolfo, donde ahora se yergue el Palacio Pontificio y, que tiempo atrás comprendía el centro de la antigua Albalonga. 
La Villa de Domiciano estaba ubicada en la vertiente occidental de la colina, en posición dominante hacia el mar Tirreno. La pendiente había sido dividida en tres grandes terrazas descendientes hacia el mar. La primera, en la parte superior, comprendía las estancias de los siervos del emperador, diversos servicios y cisternas, que se alimentaban del manantial de Palazzolo – situado en la orilla opuesta del lago – a través de tres acueductos, todavía existentes en parte, que llevan el agua a la Villa papal y a la población de Castelgandolfo. En la terraza del medio, delimitada junto al monte por un gran muro de contención, interrumpido por cuatro grutas de planta rectangular y semicircular alternantes, se erigían el palacio imperial y el teatro. La terraza inferior comprendía el criptopórtico, grande paseo cubierto del emperador, con una longitud originaria de trescientos metros. Esta terraza se subdividía en otras sucesivas dedicadas a jardines, en una de las cuales se encontraba el hipódromo.
En esta residencia, acondicionada también para la estación invernal, rica de belleza natural y suntuosos edificios, monumentos y obras de arte, Domiciano, el “calvo Nerón” como lo llamaba Juvenal, estableció casi permanentemente su morada.
A la muerte de Domiciano, la villa pasó a sus sucesores, los cuales prefirieron establecer su residencia en otro lugar. Adriano (117-138) pasó en ella sólo un breve período de tiempo, mientras se concluía la villa de Tivoli, y Marco Aurelio (161-180) la utilizó como refugió algunos días durante la rebelión del año 175. Pocos años después, Séptimo Severo (193-211) instaló en la parte sur, los castra (campamentos) de sus fieles soldados partos, los cuales se establecieron allí de modo permanente con sus familias.
Con la decadencia de la villa imperial, sus monumentos fueron privados de obras de arte y de ricos adornos y demolidos sistemáticamente; los mármoles y ladrillos se utilizaron para nuevas construcciones que darían origen al primer núcleo habitado del pueblo de Albano. En el norte de la villa, sobre la vertiente del lago hacia “Cucuruttus” (la actual Montecuco), surgió otro insediamiento, sobre todo de agricultores, que daría origen más tarde a la actual Castelgandolfo.
El emperador Constantino (306-337), que había expulsado del territorio a los turbulentos soldados partos con sus familias, incluyó entre los beneficios concedidos a la basílica de San Juan Bautista, la actual catedral de Albano, lapossessio Tiberii Caesaris, es decir, el área de la villa domiciana.
Con excepción de algunas memorias de actos de cesión o patrimoniales referidas al lugar, la historia guardó silencio hasta el siglo XII. No fue así para las expoliaciones de mármoles y obras de arte que continuaron durante mucho tiempo. En el siglo XIV el saqueo fue sistemático por la búsqueda de mármoles para la construcción del duomo de Orvieto.
En torno al año 1200, fue construido en la colina, quizá sobre las ruinas de la antigua Albalonga, el castillo de la familia genovesa de los Gandolfos, la cual dio nombre a la actual Castelgandolfo. Era una fortaleza cuadrada, erigida en lo alto de la colina, con altos muros y un pequeño patio, todavía existente, rodeada por una potente defensa que la hacía casi inaccesible. Después de algunos años, pasó a ser propiedad de los Savelli, que la poseyeron por espacio de casi tres siglos.
Fue en julio de 1596, bajo el pontificado de Clemente VIII Aldobrandini (1592-1605), que la Cámara Apostólica tomó posesión de Castelgandolfo y de Roca Priora mediante la bula Congregazione dei Baroni (congregación de los barones), como fianza por el pago de una deuda de 150.000 escudos contraida por los Savelli. Más tarde, al pagarse una parte de la deuda, Roca Priora fue devuelta a los Savelli, mientras que Castelgandolfo fue declarada patrimonio inalienable de la Santa Sede, quedando incorporada definitivamente al dominio temporal de la Iglesia, con decreto consistorial del 27 mayo de 1604.
Pablo V Borghese (1605-1621), a petición de la comunidad de Castelgandolfo, dotó a la población y a la fortaleza de agua abundante, con la restauración del acueducto que traía las aguas del manantial de Malafitto, actual Palazzolo. Se preocupó además, de dar salubridad a la zona secando las aguas palúdicas del lago de Turno, según refiere una de las lápidas colocadas en el frontal del Palacio Pontificio.

Urbano VIII Barberini (1623-1644), que siendo Cardenal gustaba de pasar temporadas en Castelgandolfo, fue el primer Papa que vivió en esta residencia en la primavera de 1626, una vez terminados los trabajos de restauración y ampliación del Palacio realizados por Carlo Maderno y ayudado por Bartolomeo Breccioli y Domenico Castelli como arquitectos subalternos. La fortaleza se vio ampliada con nuevas estructuras, se construyó el ala del palacio junto al lago, y la parte izquierda de la fachada actual hasta la puerta de ingreso. Se realizó también el jardín del palacio (Jardín del Moro), de modestas proporciones, que todavía conserva fielmente el diseño originario, dividido en recuadros regulares por paseos con hileras de mirtos. El florentino Simone Lagi decoró con frescos la capilla privada, el pequeño Oratorio contiguo, y la sacristía. Se atribuyen también a iniciativa de Urbano VIII las dos sugestivas arboledas, llamadas “Galería superior” y “Galeria inferior” que bordean la Villa Barberini y unen Castelgandolfo con Albano.
Alejandro II Chigi (1655-1667) completó la construcción del Palacio pontificio con la nueva fachada hacia la plaza, y la grande galería construida en el ala hacia el mar, según proyecto de Bernini.
Clemente XIV Ganganelli (1769-1774), con objeto de dotar la propiedad de un espacio más idóneo para los paseos a pie, que no lo permitían las pequeñas dimensiones del jardín creado por Urbano VIII, en marzo de 1773 amplió la residencia con la compra de la Villa anexa de Cybo. En 1717, cuando todavía era Auditor de la Cámara Apostólica, el cardenal Camillo Cybo se había hecho ceder el palacete construido por el arquitecto Francesco Fontana “por su noble habitación y Villa”. Sucesivamente compró un terreno de casi tres hectáreas frente al edificio, que limita en la parte alta con el pueblo de Castelgandolfo y en la inferior, hacia el mar, con la vía denominada “Galería inferior”, transformándolo en un espléndido jardín, rico de mármoles, estatuas y fuentes de gran valor. Esta villa suntuosa tenía, sin embargo, como grave defecto el tener el palacio y el jardín separados por la vía pública, precisamente la “Galería inferior”. El cardenal tenía pensado unirlos mediante un viaducto, a la altura del nivel noble del jardín, pero el proyecto no llegó nunca a realizarse, no sabemos si por falta de tiempo o de dinero. A la muerte del cardenal Cybo en 1743, la villa pasó a los herederos quienes la vendieron al Duque de Bracciano, Don Livio Odescalchi. Clemente XIV logró que se la vendiera por el mismo precio de 18.000 escudos.
En 1870, con el fin del Estado Pontificio, comenzó para la residencia papal de Castelgandolfo un largo período de abandono y olvido que duró sesenta años. Aunque la ley de Garantías (concedida al Papa por el estado italiano en 1871) había asegurado al Palacio de Castelgandolfo, “con todas sus posesiones y pertenencias”, las mismas inmunidades del Vaticano y del Laterano, tras la toma de Roma, los Papas no volvieron a salir del Vaticano.

Únicamente después de los Pactos Lateranenses entre la Santa Sede e Italia (1929), que ponían fin a la espinosa “Cuestión romana”, Castelgandolfo volvió a ser la residencia estival de los Papas. Durante las negociaciones había sido examinada también la posibilidad de reservar para la residencia de los Pontífices la Villa Farnese de Caprarola, o la Villa Doria Panfili en el Gianicolo. Pero al final prevaleció la tradición histórica. Las Villas Pontificias asumieron las actuales dimensiones con la adquisición del complejo de Villa Barberini, donde se implantaron jardines de nuevo diseño entre los que merecen especial atención los del Belvedere. Era ésta la villa que Tadeo Barberini, sobrino de Urbano VIII, había realizado comprando los terrenos y viñedos de la terraza central de la residencia domiciana en 1628 y sucesivamente, en 1631, adquiriendo la propiedad de Monseñor Escipión Visconti, un palacete transformado y ampliado después según proyecto de Bernini, probablemente. Mucho más tarde, a principios del siglo siguiente, delante del palacio Barberini fue colocada una elegante verja que, a pesar de la estrechez del espacio, permitía el ingreso de los grandes carruajes de entonces.
Después de 1929, se realizaron importantes trabajos de consolidamiento y reestructuración del Palacio pontificio para adaptarlo a las nuevas exigencias y poder comunicar las tres villas (Jardín del Moro, Villa Cybo y Villa Barberini). Fue construido un viaducto que unía el terreno Barberini con el de Villa Cybo, y la logia que conduce al Palacio por encima de la vía pública, sobre el arco de la antigua Puerta romana.
En 1934, por faltar en el Vaticano la necesaria oscuridad nocturna para observar el firmamento, el Observatorio Astronómico regido por los padres jesuitas fue trasladado al Palacio de Castelgandolfo.


LOS PAPAS EN CASTELGANDOLFO

En el verano de 1623 fue elevado al solio pontificio el Cardenal Maffeo Barberini que tomó el nombre de Urbano VIII (1623-1644). Hacía ya algunos años que el Cardenal había elegido la villa de Castelgandolfo, ya fuera por su incomparable posición panorámica, como porque la consideraba el lugar más salubre de los castillos romanos, para construirse una modesta morada, cerca de los muros del Castillo, en el plano superior del torreón que todavía hoy domina la Puerta romana. Fuera de las murallas, existen todavía las escuderías cerca de dicho torreón. Por ello, una vez elegido Papa, Urbano VIII eligió Castelgandolfo como residencia estival, decidiendo acondicionar la antigua fortaleza de los Gandolfi-Savelli para “que los Papas tuvieran la comodidad de residir en los propios palacios, no pareciéndole conveniente valerse de las casas de los demás”, según refiere su biógrafo, Andrea Nicoletti. Después de haber residido durante dos años en Frascati, huésped del Cardenal Escipión Borghese, el 10 de mayo de 1626, Urbano VIII inauguró finalmente su primera estancia en Castelgandolfo.
“Después de 1626, Urbano VIII regresó fielmente durante otros once años a la Villa, dos veces al añó... en abril, o al máximo, en mayo, y una segunda vez en el mes de octubre” durante dos o tres semanas. “Tenía organizada metódicamente la jornada y no le faltaba nunca, en las horas de asueto, la compañía de literatos y eruditos... Le gustaba, sobre todo, dar paseos a pie que, especialmente en los primeros años, alternaba a menudo con cabalgadas a través de los bosques... Durante su estancia en la villa, Urbano VIII continuaba a recibir ministros y embajadores como era ordinario, con el fin de que los asuntos de gobierno no sufrieran demora” (por Emilio Bonomelli, ibidem., p. 52). Tras la enfermedad de 1637 que hizo temer por su vida, Urbano VIII renunció definitivamente a residir en la Villa a la que tanto se había aficionado, por propia convinción y la de sus médicos, que el aire pesado de Roma le era más necesario.
El sucesor de Urbano VIII, Inocencio X Panfili (1644-1655), no vino nunca a Castelgandolfo en sus diez años de pontificado y raramente se alejó de Roma.
No fue así con Alejandro VII Chigi (1655-1667), el cual residió regularmente en Castelgandolfo dos veces al año, en primavera y en otoño, durante períodos variables de 20 a 30 días. El Papa Chigi era especialmente sensible a las bellezas del lago y del verdor del entorno, tan propicios para la meditación y el silencio, y habitualmente daba largos paseos por los bosques de encinas y castaños. Le atraían también las excursiones al lago que recorría sobre una fragata que se había hecho transportar expresamente desde el puerto de Ripa Grande. Alejandro VII confió a Sernini la construcción dela Iglesia parroquial de Castelgandolfo, dedicada a Santo Tomás de Villanueva, el arzobispo de Valencia canonizado por él en 1658, mientras que la cripta fue dedicada a San Nicolás.

En los 44 años siguientes, ninguno de los sucesores del Papa Chigi cambió la residencia de Roma por la estival de Castelgandolfo. Unicamente Inocencio XII Pignatelli (1691-1700), pernoctó en Castelgandolfo el 27 de abril de 1697, con ocasión de su viaje a Anzio y Neptuno, saliendo al día siguiente. Había llegado a la plaza en una noche de niebla y lluvia por lo que encontró el lugar tan molesto que no quiso regresar.


Clemente XI Albani (1700-1721) pasó los primeros nueve años de su pontificado sin alejarse nunca de Roma. Tras una grave enfermedad en el verano de 1709, en mayo del año siguiente fue a Castelgandolfo por consejo de los médicos, y vistos los buenos resultados, regresó durante seis años seguidos hasta 1715. Durante su primera estancia castellana, el Papa Albani firmó un Rescripto con el que se confería a Castelgandolfo el título de “Villa Pontificia”. Tal reconocimiento, que duró hasta el final del Estado Pontificio, comportaba, para los ciudadanos de Castelgandolfo, el privilegio de ser sustraidos a la jurisdicción de las magistraturas administrativa y judicial comunes, y de estar sujetos a las especiales del Prefecto del Palacio Apostólico y del Mayordomo. Las estancias del Papa Albani estuvieron caracterizadas por una gran familiaridad con los lugareños, especialmente los más pobres, a quienes el Papa dió abundantes muestras de liberalidad. A Clemente XI se deben los trabajos de restauración del Palacio después del largo abandono y las mejoras del pueblo, cuyo núcleo habitado se había ampliado notablemente. Una lápida colocada al principio de la carretera de Castelgandolfo, aún existente, recuerda las obras realizadas por el Papa en beneficio de la ciudadela.
Durante 25 años la Villa pontificia no fue visitada por los sucesores del Papa Albani, y en junio de 1741, el Palacio se volvió a abrir para acoger al Papa Benedicto XIV Lambertini (1740-1758), elegido en el verano del año anterior. “Fue uno de los pontífices que más se ligaron a Castelgandolfo donde, como solía decir, podía liberar su alma” (cf. Emilio Bonomelli,I Papi in campagna, p. 111). Sus visitas asumieron un tono de gran simplicidad, lejos de la fastuosidad de sus predecesores: “No quiero complicaciones. Las complicaciones para cuando estemos en Roma”, solía responder a las petulantes y con frecuencia inoportunas peticiones de audiencias y visitas que se le presentaban. Durante su pontificado no dejó de cuidar y embellecer el palacio. Entre las obras principales se recuerda la decoración de la galería de Alejandro VII, obra de Pier Leone Ghezzi, a base de pinturas en témpera que representan vistas panorámicas de las colinas de Albani con alegres escenas rústicas, y la nueva Logia de las Bendiciones, mandada construir en 1749, dominada por un gran reloj.
Clemente XIII Rezzonico (1758-1769), sucesor del Papa Lambertini en 1758, visitó Castelgandolfo a partir del año siguiente. El cambio de aires que los médicos le habían aconsejado le fue tan benéfico que durante otros seis años, hasta 1765, pasó períodos de hasta un mes. Sólo en los últimos tres años, las crecientes preocupaciones de su pontificado le impidieron ir a Castello como habría deseado. Su nombre queda ligado a los preciosos objetos litúrgicos y obras de arte con las que enriqueció la Iglesia parroquial y la Capilla privada del Palacio. Una lápida sobre la Puertaromana recuerda las obras de ampliación y pavimentación de la vía de acceso, mandadas hacer por él.


Su sucesor, Clemente XIV Ganganelli (1769-1774), ocupó el solio pontificio durante poco más de cinco años y más de cinco veces, el otoño de cada año, pasaba sus vacaciones en Castello. De naturaleza vivaz y exhuberante, humor jovial y chistoso, tenía necesidad de movimiento y asueto. En Castelgandolfo “no se limitaba a los cortos paseos a pie por las famosas galerías o por la villa, sino que a menudo salía fuera del palacio a caballo... con vestido blanco de viaje, botas y tricornio blancos” (ibid., p. 149). Y, una vez fuera del lugar, le gustaba galopar a tal velocidad que ninguno del séquito ni de la escolta podían seguirle. En 1771, tras haber sufrido dos caídas del caballo y la ruptura de un hombro, los familiares lograron convencerle para que renunciara definitivamente a su pasatiempo preferido. En 1773 amplió la residencia pontificia con la compra de la anexa Villa Cybo.
Pio VI Braschi, elegido en 1775, no se alojó nunca en la residencia estival en todo el largo pontificado que duró un cuarto de siglo. Durante su reinado, el 27 febrero de 1798, tuvo lugar en Castello el sangriento combate de los habitantes de los Castillos Romanos (en particular Castelgandolfo, Albano y Velletri) que permanecieron fieles al Papa contra las tropas de Joaquín Murat. Los insurrectos, después de haber combatido hasta el extremo, se refugieron en el Palacio pontificio que fue abatido a cañonazos y saqueado por los franceses.
El 14 de marzo del 1800 fue elegido en Venecia Pio VII Chiaramonti (1800-1823), quien en 1803 reabrió el Palacio de Castelgandolfo, después de haber realizado las obras de restauración y acondicionamiento necesarios. Regresó en 1804 y 1805 hasta que la desventura napoleónica, primero con la invasión de los Estados Pontificios, y después con la prisión del Papa, hizo nuevamente imposible la estancia. Después de su liberación, el 17 de marzo de 1814, abdicado Napoleón, en el mes de octubre de dicho año el Papa Chiaramonti pudo finalmente reemprender sus vacaciones otoñales en Castelgandolfo, las cuales constituyeron, quizás, el único momento de paz en los tormentosos avatares de su pontificado.
El Papa León XII della Genga (1823-1829) estuvo en Castelgandolfo un solo día, el 21 de octubre de 1824, huésped de los Capuchinos de Albano, pero aunque visitó la Iglesia de la plaza, no puso los pies en la residencia pontificia por no resultarle simpática.
Ni siquiera su sucesor, Pio VIII Castiglioni (1829-1830), en su breve pontificado de 20 meses, fue a Castello.
En 1831 fue elegido Papa Gregorio XVI Cappellari (1831-1846). Sus vacaciones en Castello, casi siempre en octubre, fueron asiduas y estuvieron marcadas por su estilo simple de monje camaldulense. Desde Castello, en 1845, el Papa Cappellari fue un dia a Tivoli, al Colegio de los Jesuitas, donde pudo contemplar curioso las primeras “daguerrotipias” y posar delante del fotógrafo. Asistió con gran interés además a algunas pruebas de iluminación eléctrica, y observar un modelo de barco a vapor.


Pío IX Mastai Ferretti (1846-1878) residió en Castello a temporadas breves e intermitentes en las estaciones más diversas, alternadas con el Puerto de Anzio. En efecto, no tenía una particular atracción por la vida del campo y, amaba más la ciudad en la que solía moverse con más desenvoltura. Los viejos castellanos recuerdan la sencillez del Papa Mastai cuando salía a pie por el pueblo, entraba en las casas y con frecuencia, si encontraba la olla en el fuego, levantaba la tapa para ver si el alimento era suficiente, proveyendo, en caso contrario, con generosas sumas de dinero. En Castelgandolfo Pio IX concedía audiencia con una prodigalidad nunca usada por sus predecesores y, en los últimos años, debido a la creciente facilidad de los viajes, la ciudadela veía llegar también grupos numerosos de peregrinos extranjeros. La última estancia  castellana del Papa Mastai fue del 28 al 31 mayo 1869, inspirado exclusivamente por el deseo de venerar el milagroso Crucifijo de Nemi que aquel año se celebraba el segundo aniversario. Eran los últimos meses de vida del Estado pontificio que vería el final con la toma de la Puerta Pia, el 20 de septiembre de 1870.
Aunque los Papas no salieron nunca del Vaticano desde 1870 hasta el año de la Conciliación, no por ello se interrumpió el vínculo afectivo con la villa de Castelgandolfo. Después de 1870, Pio IX acogió en el Palacio dos comunidades de clausura, una de monjas basilianas procedentes de la Poloniarusa, y otra de Clarisas que habían abandonado su convento de Albano tras la incautación de bienes eclesiásticos. El Papa León XIII Pecci (1878-1903) – que había donado a la Iglesiaparroquial dos artísticos candelabros como adorno del altar – denominaba familiarmente “el pequeño Castelgandolfo” al torreón de las murallas de León IV en el Vaticano, donde se alojaba alguna vez en el verano. Pio X Sarto (1903-1914) y Benedicto XV De la Chiesa (1914-1922) mandaron construir dos edificios que todavía llevan su nombre, destinados a casas populares para los castellanos menos pudientes. Pio X mandó preparar en el Palacio un apartamento para la estancia veraniega de su Secretario de Estado, el Cardenal Rafael Merry del Val, quien pasó algunos períodos de un mes, entre agosto y septiembre, de 1904 a 1907.
Pío XI Ratti (1922-1939) puede ser considerado el primer Papa de los tiempos modernos que haya residido en Castelgandolfo. Tras un breve tiempo de las necesarias obras de restauración, entre 1934 y 1938 transcurrió sus períodos de descanso en la antigua residencia, primero dos meses y prolongando hasta seis meses al año. En el apartamento papal, Pio XI mandó construir una nueva Capilla privada, donde hizo colocar una reproducción del cuadro de la Virgende Czestochowa, regalo de los obispos polacos; las paredes laterales fueron cubiertas con frescos del pintor Rosen de Leopoli que representan dos acontecimientos de la historia antigua y reciente de Polonia: en una parte la resistencia de Czestochowa en 1655 contra los suecos de Gustavo Adolfo, y en la otra la victoria de Varsovia contra los bolcheviques el 15 de agosto de 1920, denominada “milagro del Vístula”. Pio XI había residido en Polonia desde 1918 hasta 1921, primero como Visitador y después como Nuncio Apostólico. Desde el Palacio de Castelgandolfo, al tramonto de su vida terrena, el Papa levantó su voz numerosas veces contra las nefastas doctrinas del nacionalismo racista, llegando incluso a ofrecer su vida para la salvaguardia de la paz, en el memoriable radiomensaje del 29 de septiembre de 1938.
Pío XII Pacelli (1939-1958), visitó Castelgandolfo en su primer año de pontificado y, en el mes de julio emanó “ex arce Gandulphi” su primera encíclica Summi Pontificatus. Desde aquí, el 24 de agosto de 1939, hizo por radio un último llamamiento a las naciones para evitar el conflicto: “El peligro es inminente pero todavía hay tiempo. Nada está perdido con la paz.Todo puede serlo con la guerra”. El Papa, comprometido en una incansable obra de paz, no regresó a Castelgandolfo durante el período de guerra, y la residencia se convirtió en punto de referencia y de asilo seguro para la población local. Tras la sucesos posteriores al 8 de septiembre de 1943, las poblaciones de Castelgandolfo y de los pueblos vecinos, llenas de pánico, se refugieron en las Villas Pontificias que gozaban del privilegio de la extraterritorialidad, hasta que volvió la calma. El 22 de enero de 1944, tras el desembarque de Anzio, habiéndose convertido toda la zona en un frente de guerra, los habitantes de Castelgandolfo y de los alrededores corrieron de nuevo a las puertas de las Villas: se calcula que hasta doce mil personas encontraron refugio en aquel triste período, y allí permanecieron hasta la liberación de Roma, el 4 de junio. El apartamento papal fue reservado a las madres que estaban a punto de dar a luz, de modo que en aquellos meses pudieron nacer unos cuarenta niños. Desgraciadamente, también fueron numerosas las víctimas de los bombardeos en el confín de las Villas: el 1 de febrero de aquel año fueron destruidos los Conventos de Clarisas y Basilianas, perdiendo la vida dieciocho monjas; el 10 de febrero sufrió la misma suerte el Colegio de Propaganda Fide, con más de quinientos muertos y numerosos heridos.


Sólo el 22 de agosto de 1946, el Papa reemprendió su estancia veraniega en Castello, que continuó regularmente cada año hasta 1958 con períodos de hasta cinco meses. A excepción del tiempo de guerra, puede decirse que el Papa Pacelli transcurrió en Castelgandolfo casi un tercio de su pontificado. Fue precisamente en Castelgandolfo donde al alba del 9 de octubre de 1958, concluía su peregrinación en la tierra el primer Papa en la historia de la residencia.
El 28 de octubre fue elegido Juan XXIII Roncalli (1958-1963) quien, pocos días después, visitó Castello. Una lápida conmemorativa en el interior de la iglesia parroquial recuerda la generosidad del Papa que quiso devolver al templo y a la cripta subterránea el primitivo esplendor. El Papa Juan XXIII instauró dos tradiciones en Castelgandolfo: el rezo del Angelus en la mañana del domingo, en el patio del Palacio, yla Santa Misa en la parroquia con ocasión de la fiesta de la Asunción.
Pablo VI Montini (1963-1978), algunas semanas después de su elección, el 21 de junio, fue a Castelgandolfo el 5 de agosto para su estancia veraniega; allí regresó anualmente, de mediados de julio a mediados de septiembre. Su carácter tímido y reservado no le impidieron establecer una relación de afectuosa cordialidad y paternal solicitud con los habitantes de Castelgandolfo y de las Villas. En el Angelus del 13 de agosto de 1972, describió cómo era su jornada en Castello: “También Nos gozamos un poco de este don que el Señor nos regala. Respiramos este aire saludable, admiramos la belleza de este marco natural, saboreamos el encanto de su luz y silencio y también buscamos un poco de descanso para nuestras pobres fuerzas que son cada vez más excasas y ahora también un poco cansadas....”. El Año Santo de 1975, que vio la afluencia de numerosos peregrinos a Roma, indujo al Papa a regresar al Vaticano cada miércoles para las audiencias generales. Se iniciaron entonces los desplazamientos semanales en helicóptero que permitían al Papa llegar rápidamente al Vaticano sin obstaculizar más el ya congestionado tráfico de la Via Apia. Son numerosas las obras queridas y realizadas por Pablo VI para favorecer la población de Castelgandolfo, como el moderno Colegio pontificio que lleva su nombre, la Iglesia de San Pablo con todo un complejo anexo para actividades de pastoral en el mismo barrio surgido junto a la Via Apia, y la iglesia de la Virgen del Lago. El 14 de julio de 1978, el Papa se desplazó hasta Castelgandolfo esperando, como cada año, que el aire saludable le hiciera recobrar nuevas fuerzas, pero el domingo 6 de agosto, a causa de un aumento de fiebre, no pudo asomarse al balcón del Palacio para el rezo del Angelus, y por la tarde entregaba su alma a Dios.
Juan Pablo I Luciani, elegido el 26 de agosto 1978, no tuvo posibilidad de ir a Castelgandolfo durante su breve pontificado que apenas duró 33 días.
En la tarde del domingo 8 de octubre, el Cardenal Karol Wojtyla, Arzobispo de Cracovia, presente en Roma para el cónclave, visitó las Villas Pontificias para transcorrer allí un momento de serena tranquilidad. Ocho días después, en la tarde del 16 de octubre de 1978, los romanos y peregrinos llegados a la Plaza de San Pedro tras la fumata blanca, le aclamaban como el primer Papa polaco de la historia que asumía el nombre de Juan Pablo II. El Pontífice no se hizo esperar en Castelgandolfo; la ciudadela había quedado demasiado tiempo en luto por la muerte de dos Pontífices en menos de dos meses. Al llegar a la plaza de Castelgandolfo la tarde del 25 de octubre, fue acogido con entusiasmo por los castellanos, a quienes él saludó enseguida como “conciudadanos”.

CRONOLOGIA DE LAS ESTANCIAS DE LOS PAPAS EN CASTELGANDOLFO

URBANO VIII (1623-1644)

1626: 10-20 mayo; 8-26 octubre
1627: 1-10 mayo; 15-27 octubre
1628: 7-19 mayo; 18-29 octubre
1629: 9-22 mayo; 15-29 octubre
1630: 22 abril-7 mayo; 15-29 octubre
1631: 13-27 mayo; 11-29 octubre
1632: 28 abril-19 mayo; 30 septiembre-30 octubre
1633: 18 abril-3 mayo; 1-29 octubre
1634: 29 abril-23 mayo; 1-29 octubre
1635: 18-25 mayo; 8-18 junio; 19-30 octubre
1636: 15-29 abril; 23 mayo-7 junio; 6-30 octubre
1637: 10 mayo-6 junio; 19-29 octubre

ALEJANDRO VII (1655-1667)

1655: 4-21 mayo
1657: 24 abril-9 mayo; 11-19 mayo; 4-25 octubre
1658: 5-28 mayo; 2-28 octubre
1659: 28 abril-20 mayo; 2-30 octubre
1660: 20 abril-4 mayo; 6-15 mayo; 1-30 octubre
1661: 27 abril-23 mayo;3 octubre-6 noviembre
1662: 19 abril-16 mayo
1663: 3-23 mayo; 9 octubre-6 noviembre
1664: 5-19 mayo; 7-29 octubre
1665: 24 abril-13 mayo; 14 mayo-1 junio

CLEMENTE XI (1700-1721)

1710: 21 mayo-16 junio
1711: 8-27 junio
1712: 8.26 junio
1713: 5-28 junio
1714: 7 octubre-9 noviembre
1715: 9 octubre-11 noviembre

BENEDICTO XIV (1740-1758)

1741: 3-6 junio; 28 septiembre-30 octubre
1742: 27 mayo-27 junio; 27 septiembre-30 octubre
1743: 24 mayo-27 junio
1745: 15 mayo-15 juno
1746: 7 mayo-7 junio
1747: 3-26 junio
1748: 24 mayo-26 junio
1749: 26 mayo-26 junio
1750: 28 mayo-26 junio
1751: 27 mayo-27 junio
1752: 25 mayo-26 junio
1753: 1-26 junio
1754: 27 mayo-26 junio
1755: 25 mayo-26 junio
1756: 28 mayo-26 junio

CLEMENTE XIII (1758-1769)

1759: 3-12 junio; 15-27 junio; 3-26 octubre
1760: 27 septiembre-25 octubre
1761: 30 mayo-26 junio; 28 septiembre-26 octubre
1762: 28 septiembre-26 octubre
1763: 4-25 junio; 28 septiembre-24 octubre
1764: 25 septiembre-26 octubre
1765: 10-26 junio; 25 septiembre-25 octubre

CLEMENTE XIV (1769-1774)

1769: 27 septiembre-26 octubre
1770: 26 septiembre-28 octubre
1771: 25 septiembre-28 octubre
1772: 21 septiembre-28 octubre
1773: 21 septiembre-28 octubre

PIO VII (1800-1823)

1803: 3-29 octubre
1804: 9-27 octubre
1805: 2-29 octubre
1814: 5-29 octubre
1815: 18 septiembre-30 octubre
1816: 6-21 mayo; 1-29 octubre
1817: 11 mayo-3 junio; 6 junio-1 julio

GREGORIO XVI (1831-1846)

1831: 6-20 octubre
1832: 1-20 octubre
1833: 5-21 octubre
1834: 9-23 octubre
1835: 8-13 octubre
1836: 17-22 octubre
1839: 7-9 octubre
1840: 16 junio-14 agosto; 16 agosto-17 septiembre
1842: 4-8 octubre
1843: 2-9 octubre
1844: 30 septiembre-7 octubre

PIO IX (1846-1878)

1851: 1-15 julio
1852: 9-26 septiembre
1855: 7-23 mayo
1858: 5-20 mayo
1859: 6-17 octubre
1862: 6-18 octubre
1864: 18 julio-14 septiembre
1865: 12 julio-13 septiembre
1869: 28-31 mayo

PIO XI (1922-1939)

1934: 1 agosto-22 septiembre
1935: 31 julio-30 septiembre
1936: 30 junio-30 septiembre
1937: 1 mayo-30 octubre
1938: 30 abril-28 octubre

PIO XII (1939-1958)

1939: 24 julio-28 octubre
1946: 22 agosto-noviembre
1947: 31 julio-29 noviembre
1948: 29 julio-27 noviembre
1949: 4 agosto-26 noviembre
1950: 16 julio-28 octubre
1951: 12 julio-1 diciembre
1952: 19 julio-29 noviembre
1953: 25 julio-28 noviembre
1954: 31 julio-27 noviembre
1955: 30 julio-26 noviembre
1956: 14 julio-10 noviembre
1957: 24 julio-16 noviembre
1958: 24 julio-9 octubre

JUAN XXIII (1958-1963)

1958: 21 noviembre
1959: 19 julio-24 septiembre
1960: 25 julio-23 septiembre
1961: 16 julio-30 septiembre
1962: 15 julio-1 septiembre

PABLO VI (1963-1978)

1963: 5 agosto-11 septiembre
1964: 15 julio-12 septiembre
1965: 19 julio-12 septiembre
1966: 16 julio-17 septiembre
1967: 26 julio-6 septiembre
1968: 17 julio-22 agosto; 25 agosto-19 septiembre
1969: 10 julio-31 julio; 13 agosto-13 septiembre
1970: 16 julio-17 septiembre
1971: 15 julio-16 septiembre
1972: 15 julio-21 septiembre
1973: 14 julio-19 septiembre
1974: 17 julio-18 septiembre
1975: 17 julio-13 septiembre
1976: 15 julio-21 septiembre
1977: 14 julio-22 septiembre
1978: 14 julio-6 agosto

JUAN PABLO II (1978-2005)

1978: 25 octubre
1979: 4-6 enero; 4-6 febrero; 16-18 abril; 30 mayo; 11-13 junio; 15 julio-15 septiembre; 8-10 octubre; 26-31 diciembre
1980: 17-19 febrero; 7-11 abril; 2-5 junio; 13 julio-20 septiembre; 19-22 noviembre; 26-30 diciembre
1981: 27 febrero-3 marzo; 20-22 abril; 16 agosto-17 octubre
1982: 19-23 febrero; 12-14 abril; 14 julio-22 septiembre
1983: 2-4 enero; 14-15 febrero; 10-12 marzo; 4-5 abril; 10 julio-10 septiembre; 13-21 septiembre; 28-31 diciembre
1984: 23-24 abril; 13-15 mayo; 11 julio-9 septiembre; 21-26 septiembre; 26-29 diciembre
1985: 7 julio-8 agosto; 20 agosto-25 septiembre
1986: 1-4 enero; 30 marzo-1 abril; 8 julio-20 septiembre; 26-30 diciembre
1987: 15 julio-10 septiembre; 21-25 septiembre; 26-29 diciembre
1988; 4-8 abril; 22 julio-10 septiembre; 19-24 septiembre; 26-30 diciembre
1989: 26-28 marzo; 21 julio-18 agosto; 21 agosto-22 septiembre; 24-27 septiembre; 27-30 diciembre
1990: 15-17 abril; 20 julio-1 septiembre; 11-26 septiembre; 26-29 diciembre
1991: 1-2 abril; 19 julio-13 agosto; 20 agosto-21 septiembre; 26-28 diciembre
1992: 20-21 abril; 28 julio-17 agosto; 2-26 septiembre; 27-30 diciembre
1993: 12-13 abril; 16 julio-9 agosto; 16 agosto-4 septiembre; 10-28 septiembre; 26-28 diciembre
1994: 3-5 abril; 7 julio-17 agosto; 27 agosto-1 octubre; 26-31 diciembre
1995: 16-22 abril; 22 julio-14 septiembre; 20-30 septiembre; 27-30 diciembre
1996: 8-12 abril; 23 julio-19 septiembre; 22 septiembre-1 octubre; 26-31 diciembre
1997: 31 marzo-4 abril; 19 julio-21 agosto; 24 agosto-27 septiembre; 26-30 diciembre
1998: 13-17 abril; 21 julio-18 septiembre; 20-28 septiembre; 26-30 diciembre
1999: 5-10 abril; 20 julio-29 septiembre
2000: 24-28 abril; 22 julio-1 septiembre
2001: 16-21 abril; 20 julio-22 septiembre; 27-29 septiembre
2002: 8-23 julio; 2-16 agosto; 19 agosto-30 septiembre
2003: 10 julio-11 septiembre; 14-25 septiembre
2004: 17 julio-29 septiembre

BENEDICTO XVI (2005-2013)
2005: 5 mayo; 28 julio-18 agosto; 21 agosto-28 septiembre;
2006: 16-21 abril; 28 julio-9 septiembre; 14 septiembre-4 octubre;
2007: 8-13 abril; 14-18 mayo; 27 julio-1 septiembre; 2 septiembre-7 septiembre; 9 septiembre -3 octubre.
2008: 23-30 marzo; 2-12 julio; 21-28 julio; 11 agosto - 12 septiembre; 15-30 septiembre.