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El Papa Francisco despide el año 2016 ante el Pesebre situado en la Plaza de San Pedro

sábado, 31 de diciembre de 2016

El Papa Francisco frente al pesebre ubicado en la Plaza de San Pedro / Foto: Captura de Youtube (CTV)
VATICANO, 31 Dic. 16 / 01:18 pm (ACI).- Terminada la celebración de las Primeras Vísperas de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios y “Te Deum” de acción de gracias por el año 2016 que finaliza, y tras la adoración Eucarística, el Papa Francisco acudió a rezar ante el Pesebre situado en la Plaza de San Pedro en el Vaticano.
Mientras el Coro de la Capilla Sixtina entonaba en el interior de la Basílica el villancico “Adeste Fideles”, el Santo Padre salió al exterior de la Plaza y se acercó hasta el obelisco egipcio situado en el centro, donde se alza el árbol de Navidad y se encuentra el Pesebre. El Pontífice saludó durante varios minutos a los fieles allí congregados, a pesar de las bajas temperaturas registradas en Roma.
Ya ante el Pesebre, el Pontífice adoró al Niño y rezó brevemente en silencio, y dio gracias por todos los signos de generosidad divina.
Tras la oración, se acercó a los restos de la cruz de una de las iglesias de Amatrice destruida durante el terremoto del 24 de agosto que afectó a diversas localidades del centro de Italia, y que fueron depositados junto al Pesebre. También se aproximó a la barca situada en memoria de los migrantes y refugiados que han dejado su vida en las aguas del Mar Mediterráneo en su intento de alcanzar las costas europeas.
En la homilía de la Misa celebra minutos antes, el Papa Francisco afirmó que “hoy frente al niño de Belén queremos admitir la necesidad de que el Señor nos ilumine, porque no son pocas las veces que parecemos miopes o quedamos presos de una actitud altamente integracionista de quien quiere hacer entrar por la fuerza a otros en sus propios esquemas. Necesitamos de esa luz que nos haga aprender de nuestros propios errores e intentos a fin de mejorar y superarnos; de esa luz que nace de la humilde y valiente conciencia del que se anima, una y otra vez, a levantarse para volver a empezar”.

Papa Francisco: En Jesús, Dios se hizo hombre y compartió en todo nuestra condición Por Miguel Pérez Pichel

Niño Jesús / Foto: Captura de video
VATICANO, 31 Dic. 16 / 12:51 pm (ACI).- El Papa Francisco presidió este 31 de diciembre la celebración de las vísperas de la Solemnidad de María Madre de Dios y Tedeum de agradecimiento por el año que hoy culmina, y aseguró que cuando Dios se encarnó, no se disfrazó de hombre, sino que se hizo hombre para compartir en todo “nuestra condición”.
El Papa, que en su homilía también pidió por un mayor papel de los jóvenes en la sociedad, recordó que cuando Dios se hace hombre “decidió hacerlo en la pequeñez y en la fragilidad de un recién nacido; decidió acercarse personalmente y en su carne abrazar nuestra carne, en su debilidad abrazar nuestra debilidad, en su pequeñez cubrir la nuestra”.
“En Jesucristo, Dios no se disfrazó de hombre –explicó–, se hizo hombre y compartió en todo nuestra condición. Lejos de estar encerrado en un estado de idea o de esencia abstracta, quiso estar cerca de todos aquellos que se sienten perdidos, avergonzados, heridos, desahuciados, desconsolados o acorralados. Cercano a todos aquellos que en su carne llevan el peso de la lejanía y de la soledad, para que el pecado, la vergüenza, las heridas, el desconsuelo, la exclusión, no tengan la última palabra en la vida de sus hijos”.
Desde la Basílica de San Pedro, el Papa señaló que “el pesebre nos invita a asumir esta lógica divina. Una lógica que no se centra en el privilegio, en las concesiones ni en los amiguismos; se trata de la lógica del encuentro, de la cercanía y la proximidad. El pesebre nos invita a dejar la lógica de las excepciones para unos y las exclusiones para otros”.
Para el Santo Padre, el Pesebre supone el fin del privilegio y el triunfo de la inclusión: “Dios viene Él mismo a romper la cadena del privilegio que siempre genera exclusión, para inaugurar la caricia de la compasión que genera la inclusión, que hace brillar en cada persona la dignidad para la que fue creado. Un niño en pañales nos muestra el poder de Dios interpelante como don, como oferta, como fermento y oportunidad para crear una cultura del encuentro”.
“No podemos permitirnos ser ingenuos. Sabemos que desde varios lados somos tentados para vivir en esta lógica del privilegio que nos aparta-apartando, que nos excluye-excluyendo, que nos encierra-encerrando los sueños y la vida de tantos hermanos nuestros”.
El Papa también animó a dejarnos iluminar por la luz del pesebre, para descubrir nuestros errores y mejorar. “Hoy frente al niño de Belén queremos admitir la necesidad de que el Señor nos ilumine, porque no son pocas las veces que parecemos miopes o quedamos presos de una actitud altamente integracionista de quien quiere hacer entrar por la fuerza a otros en sus propios esquemas. Necesitamos de esa luz que nos haga aprender de nuestros propios errores e intentos a fin de mejorar y superarnos; de esa luz que nace de la humilde y valiente conciencia del que se anima, una y otra vez, a levantarse para volver a empezar”.
“Nos detenemos frente al pesebre para contemplar como Dios se ha hecho presente durante todo este año y así recordarnos que cada tiempo, cada momento es portador de gracia y de bendición. El pesebre nos desafía a no dar nada ni a nadie por perdido. Mirar el pesebre es animarnos a asumir nuestro lugar en la historia sin lamentarnos ni amargarnos, sin encerrarnos o evadirnos, sin buscar atajos que nos privilegien”.
“Mirar el pesebre entraña saber que el tiempo que nos espera requiere de iniciativas audaces y esperanzadoras, así como de renunciar a protagonismos vacíos o a luchas interminables por figurar. Mirar el pesebre es descubrir como Dios se involucra involucrándonos, haciéndonos parte de Su obra, invitándonos a asumir el futuro que tenemos por delante con valentía y decisión”, concluyó.

Papa Francisco despide el año 2016 con un pedido especial a favor de los jóvenes Por Miguel Pérez Pichel

El Papa Francisco durante la celebración de las Vísperas por la Solemnidad de María Madre de Dios
VATICANO, 31 Dic. 16 / 12:16 pm (ACI).- En la homilía de las Vísperas de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, y el “Te Deum” de agradecimiento por el año que finaliza, el Papa Francisco reclamó una mayor presencia de los jóvenes en nuestra sociedad y dejar de marginarlos, pues “no se puede hablar de futuro sin contemplar estos rostros jóvenes –de María y José ante el misterio del nacimiento del Mesías– y asumir la responsabilidad que tenemos para con nuestros jóvenes”.
El servicio con el que se cierra este año 2016, tuvo lugar en la nave principal de la Basílica de San Pedro, en el Vaticano.
“Más que responsabilidad, la palabra justa es deuda”, indicó el Santo Padre. “Sí, la deuda que tenemos con ellos. Hablar de un año que termina es sentirnos invitados a pensar cómo estamos encarando el lugar que los jóvenes tienen en nuestra sociedad”.
El Obispo de Roma lamentó las contradicciones de la sociedad en la que vivimos. Contradicciones que, principalmente, afectan a una juventud a la que muchas veces se le ha despojado de valores y referentes, y a la que de forma sistemática se le margina y se le impide abrirse camino.
“Hemos creado una cultura que, por un lado, idolatra la juventud queriéndola hacer eterna pero, paradójicamente, hemos condenado a nuestros jóvenes a no tener un espacio de real inserción, ya que lentamente los hemos ido marginando de la vida pública obligándolos a emigrar o a mendigar por empleos que no existen o no les permiten proyectarse en un mañana. Hemos privilegiado la especulación en lugar de trabajos dignos y genuinos que les permitan ser protagonistas activos en la vida de nuestra sociedad. Esperamos y les exigimos que sean fermento de futuro, pero los discriminamos y ‘condenamos’ a golpear puertas que en su gran mayoría están cerradas”.
Ante esta actitud, el Papa hizo un llamado muy claro en favor de los jóvenes y lo mucho que tienen que aportar en el mundo de hoy. “No nos privemos de la fuerza de sus manos, de sus mentes, de su capacidad de profetizar los sueños de sus mayores. Si queremos apuntar a un futuro que sea digno para ellos, podremos lograrlo sólo apostando por una verdadera inclusión: esa que da el trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario”, afirmó.
Para ello, Francisco invitó a mirar al pesebre, porque “mirar el pesebre nos desafía a ayudar a nuestros jóvenes para que no se dejen desilusionar frente a nuestras inmadureces y estimularlos a que sean capaces de soñar y de luchar por sus sueños. Capaces de crecer y volverse padres de nuestro pueblo”.

TEXTO: Homilía del Papa en las Vísperas de la Solemnidad de María Madre de Dios y Tedeum

VATICANO, 31 Dic. 16 / 12:00 pm (ACI).- El Papa Francisco presidió este 31 de diciembre en la Basílica de San Pedro la celebración de las Primeras Vísperas de la Solemnidad de María Madre de Dios y Tedeum de agradecimiento por el año 2016. “Frente al año que termina qué bien nos hace contemplar al Niño-Dios. Es una invitación a volver a las fuentes y raíces de nuestra fe. En Jesús la fe se hace esperanza, se vuelve fermento y bendición”, afirmó.
A continuación el texto completo de la homilía del Papa Francisco:
«Cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la ley, para redimir a los que estaban sometidos a la ley y hacernos hijos adoptivos».
Resuenan con fuerza estas palabras de san Pablo. De manera breve y concisa nos introducen en el proyecto que Dios tiene para con nosotros: que vivamos como hijos. Toda la historia de salvación encuentra eco aquí: el que no estaba sujeto a la ley, decidió por amor, perder todo tipo de privilegio (privus legis) y entrar por el lugar menos esperado para liberar a los que sí estábamos bajo la ley. Y, la novedad es que decidió hacerlo en la pequeñez y en la fragilidad de un recién nacido; decidió acercarse personalmente y en su carne abrazar nuestra carne, en su debilidad abrazar nuestra debilidad, en su pequeñez cubrir la nuestra. En Jesucristo, Dios no se disfrazó de hombre, se hizo hombre y compartió en todo nuestra condición. Lejos de estar encerrado en un estado de idea o de esencia abstracta, quiso estar cerca de todos aquellos que se sienten perdidos, avergonzados, heridos, desahuciados, desconsolados o acorralados. Cercano a todos aquellos que en su carne llevan el peso de la lejanía y de la soledad, para que el pecado, la  vergüenza, las heridas, el desconsuelo, la exclusión, no tengan la última palabra en la vida de sus hijos.
El pesebre nos invita a asumir esta lógica divina. Una lógica que no se centra en el privilegio, en las concesiones ni en los amiguismos; se trata de la lógica del encuentro, de la cercanía y la proximidad. El pesebre nos invita a dejar la lógica de las excepciones para unos y las exclusiones para otros. Dios viene Él mismo a romper la cadena del privilegio que siempre genera exclusión, para inaugurar la caricia de la compasión que genera la inclusión, que hace brillar en cada persona la dignidad para la que fue creado. Un niño en pañales nos muestra el poder de Dios interpelante como don, como oferta, como fermento y oportunidad para crear una cultura del encuentro.
No podemos permitirnos ser ingenuos. Sabemos que desde varios lados somos tentados para vivir en esta lógica del privilegio que nos aparta-apartando, que nos excluye-excluyendo, que nos encierra-encerrando los sueños y la vida de tantos hermanos nuestros.
Hoy frente al niño de Belén queremos admitir la necesidad de que el Señor nos ilumine, porque no son pocas las veces que parecemos miopes o quedamos presos de una actitud altamente integracionista de quien quiere hacer entrar por la fuerza a otros en sus propios esquemas.
Necesitamos de esa luz que nos haga aprender de nuestros propios errores e intentos a fin de mejorar y superarnos; de esa luz que nace de la humilde y valiente conciencia del que se anima, una y otra vez, a levantarse para volver a empezar.
Al terminar otra vez un año, nos detenemos frente al pesebre, para dar gracias por todos los signos de la generosidad divina en nuestra vida y en nuestra historia, que se ha manifestado de mil maneras en el testimonio de tantos rostros que anónimamente han sabido arriesgar. Acción de gracias que no quiere ser nostalgia estéril o recuerdo vacío del pasado idealizado y desencarnado, sino memoria viva que ayude a despertar la creatividad personal y comunitaria porque sabemos  que Dios está con nosotros.
Nos detenemos frente al pesebre para contemplar como Dios se ha hecho presente durante todo este año y así recordarnos que cada tiempo, cada momento es portador de gracia y de bendición. El pesebre nos desafía a no dar nada ni a nadie por perdido. Mirar el pesebre es animarnos a asumir nuestro lugar en la historia sin lamentarnos ni amargarnos, sin encerrarnos o evadirnos, sin buscar atajos que nos privilegien. Mirar el pesebre entraña saber que el tiempo que nos espera requiere de iniciativas audaces y esperanzadoras, así como de renunciar a protagonismos vacíos o a luchas interminables por figurar.
Mirar el pesebre es descubrir como Dios se involucra involucrándonos, haciéndonos parte de Su obra, invitándonos a asumir el futuro que tenemos por delante con valentía y decisión.
Mirando el pesebre nos encontramos con los rostros de José y María. Rostros jóvenes cargados de esperanzas e inquietudes, cargados de preguntas. Rostros jóvenes que miran hacia delante con la no fácil tarea de ayudar al Niño-Dios a crecer. No se puede hablar de futuro sin contemplar estos rostros jóvenes y asumir la responsabilidad que tenemos para con nuestros jóvenes; más que responsabilidad, la palabra justa es deuda, sí, la deuda que tenemos con ellos.
Hablar de un año que termina es sentirnos invitados a pensar como estamos encarando el lugar que los jóvenes tienen en nuestra sociedad.
Hemos creado una cultura que, por un lado, idolatra la juventud queriéndola hacer eterna pero, paradójicamente, hemos condenado a nuestros jóvenes a no tener un espacio de real inserción, ya que lentamente los hemos ido marginando de la vida pública obligándolos a emigrar o a mendigar por empleos que no existen o no les permiten proyectarse en un mañana. Hemos privilegiado la especulación en lugar de trabajos dignos y genuinos que les permitan ser protagonistas activos en la vida de nuestra sociedad. Esperamos y les exigimos que sean fermento de futuro, pero los discriminamos y «condenamos» a golpear puertas que en su gran mayoría están cerradas.
Somos invitados a no ser como el posadero de Belén que frente a la joven pareja decía: aquí no hay lugar. No había lugar para la vida, para el futuro. Se nos pide asumir el compromiso que cada uno tiene, por poco que parezca, de ayudar a nuestros jóvenes a recuperar, aquí en su tierra, en su patria, horizontes concretos de un futuro a construir. No nos privemos de la fuerza de sus manos, de sus mentes, de su capacidad de profetizar los sueños de sus mayores (cf. Jl 3, 1). Si queremos apuntar a un futuro que sea digno para ellos, podremos lograrlo sólo apostando por una verdadera inclusión: esa que da el trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario (cf. Discurso en ocasión de la entrega del Premio Carlomagno, 6 de mayo de 2016).
Mirar el pesebre nos desafía a ayudar a nuestros jóvenes para que no se dejen desilusionar frente a nuestras inmadureces y estimularlos a que sean capaces de soñar y de luchar por sus sueños.
Capaces de crecer y volverse padres de nuestro pueblo.
Frente al año que termina qué bien nos hace contemplar al Niño-Dios. Es una invitación a volver a las fuentes y raíces de nuestra fe. En Jesús la fe se hace esperanza, se vuelve fermento y bendición: «Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría» (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 3).